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Artesanía y arte popular
 

Como todos los años, recorrí este diciembre la Feria de Artesanías y volví a disfrutar su riqueza, su belleza y su variedad. Y otra vez siento, como hace un año, que hay que preguntar por qué la política cultural sigue dejando de lado este tema, a pesar de que alimenta las metafísicas de la identidad que tanto gustan a historiadores, antropólogos, funcionarios y promotores culturales.

    Lo que uno ve es que Artesanías de Colombia, una empresa comercial del Estado, ha logrado mejorar la producción, capacitar -con el apoyo de organizaciones como la Escuela de Artes y Oficios Santo Domingo- a los artesanos y contaminarlos con nuevos criterios de diseño, sin mucha veneración por una tradición que llegó al siglo XX, después de años de fascinación con lo extranjero, en condiciones de relativa pobreza técnica y creativa.

    Expoartesanías, por más de dos décadas, ha mostrado este esfuerzo por mejorar diseños y abrir perspectivas comerciales a los productos de los casi anónimos artistas populares. Supongo que las ventas son buenas, por las oleadas de visitantes que la caminan. Al mismo tiempo, parece que el viejo menosprecio por estos trabajos sigue dominando a los consumidores nacionales: las tiendas de artesanías de las ciudades sobreviven por los turistas, mientras que solo en los almacenes de artículos importados se puede comprar un regalo de bodas o un objeto doméstico que no parezca lobo. 

    Mientras tanto, las entidades culturales lucen indiferentes. Aluna, un libro que hace poco más de veinte años recogió los debates sobre cultura popular, prácticamente no menciona la artesanía o el arte popular. En los años recientes, la retórica pública ha reivindicado la diversidad cultural y las contribuciones de indios y negros -términos que algunos aún consideran peyorativos- a la cultura del país, pero ha puesto la atención en la literatura o la música y no en el trabajo diario de miles de mujeres y hombres en la alfarería, el tejido, el cuero o el barniz de Pasto. No existe, que yo sepa, un manual de historia de la artesanía que ofrezca una buena introducción al tema.

    Hace años, BAT comenzó los Salones de Arte Popular, que reunían a artistas sin formación académica. Cada año han sido más interesantes, aunque el Tercer Salón cayó en la tentación de orientar la selección de temas, siguiendo los programas oficiales de celebraciones de la independencia: Bolívar y Uribe abundan, pero, a pesar de todo, las obras son atractivas y graciosas.

    Pero lo grave es que se haya cerrado el Museo de Artes y Tradiciones Populares, que era el único dedicado a este tema. En Colombia no hay un solo sitio donde puedan verse los sombreros del siglo XIX, dibujados por los pintores viajeros, las ruanas, ollas y alpargatas viejas, los caballitos de Ráquira a los que dedicó Germán Arciniegas un libro brillante, aunque de tenue substancia, antes de que ese pueblo se convirtiera en uno de los más feos del país y reemplazara la alfarería moldeada -de la que sobrevive la obra de Otilia Jerez y sus descendientes- por figuritas que parecen venir de China.

    El museo estaba mal presentado y era aburridor, pero había reunido la única colección seria de artesanías del país. Y mientras el Ministerio escribía largos y complejos documentos sobre una política de museos que fueran "inclusives de lo diverso" cerraba el que mejor respondía a este confuso ideal. Hoy nadie parece saber dónde está esa colección, a quién se la regaló el Ministerio de Cultura o dónde la tiene escondida, o si piensa reabrirlo, por ejemplo en Cartagena, donde quedaría muy bien. Y a falta de museos públicos, tampoco tenemos grandes colecciones privadas, como las que han salvado la historia de la creatividad popular en México o Perú. Al fin y al cabo, siempre hemos visto lo popular como algo de quinta.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 23 de diciembre de 2010

 

 

 

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