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Biodiversidad, modas y variedades
 

Hace meses, Michelle Obama sembró tomates, calabazas y otros vegetales en los jardines de la Casa Blanca. Se sumó así a una nueva moda: no solo comer productos orgánicos, animales criados en libertad, sin antibióticos ni hormonas, vegetales sin insecticidas ni abonos químicos, sino, además, sembrarlos cerca de casa o comprarlos a los agricultores locales. Los voceros de la industria alimentaria y química protestaron: era un mensaje que perjudicaba a los productores de insecticidas y creaba la ilusión de que se podía alimentar todo un país con frutas y verduras sembradas en el vecindario.

Sin embargo, la idea tiene sus ventajas y contribuye a una corriente que mezcla el interés en la conservación del medio ambiente, la preocupación por una alimentación que produce obesidad y enfermedad y los refinamientos de una gastronomía elegante que subraya lo natural y nos invita a que nos volvamos cocineros hogareños, creativos y saludables.

De hecho, en la última década surgieron en casi todas las ciudades de los Estados Unidos los "mercados de granjeros" y su éxito es inmenso. Se parecen a nuestros "mercados móviles", pero son muy distintos: no son intermediarios que ofrecen algunos productos más frescos y baratos que los supermercados -pues pagan menos arriendos-, sino que los productores mismos son los que venden, con sus pasiones y sus fanatismos, obsesionados por la variedad, la calidad o el sabor de sus productos, o interesados en a lucha contra el calentamiento global, la contaminación y el control de la producción por unas cuantas industrias.

Al mismo tiempo, reviven en los Estados Unidos los esfuerzos para que las escuelas tengan lotes en los que sus alumnos se familiaricen con la agricultura, las ciudades se llenan de "jardines comunitarios" que se entregan a los vecinos, las universidades enseñan horticultura y los restaurantes más exigentes compran productos locales para ofrecer mejor calidad mientras se presentan como ecológicos y naturales.

Un argumento a favor de los productos locales es el ahorro en energía, sobre todo en costos de transporte: para el planeta es mejor que los bogotanos coman fresas, curubas o duraznos de la Sabana que frutas o verduras traídas en avión, fuera de que ayudan a sostener a los campesinos locales y no a los de Chile. Pero este argumento ignora las economías de escala y las ventajas de cada clima.

Lo que sí es cierto es que la compra local defiende sabores y variedades que la industria global tiende a eliminar: los duraznos y las manzanas sembrados y madurados a pocos kilómetros tienen un sabor que las esponjas insípidas que llegan al mercado desde países lejanos nunca tendrán, y los mercados masivos dan ventaja al producto más barato y fácil de producir.

Los colombianos, siempre optimistas, hemos alardeado durante 250 años de la riqueza que nos dio la naturaleza, pero, más bien, con vanidosa ceguera, hemos tratado de destruirla. Hoy hay más variedades de mango, banano o pitahaya en los mercados de Londres o París que en Bogotá. Poco a poco desaparecen los productos menos comerciales, no se desarrollan nuevas variedades, la investigación se concentra en pocos productos y nuestros supermercados apenas venden dos o tres tipos de las frutas y verduras más comunes. ¿Cuántos colombianos han probado más de 4 o 5 de los centenares de variedades de papa o de mangos que había antes? ¿O conocen las guamas o madroños, piñuelas o caimitos, limas y naranjas agrias que se conseguían antes?

Hasta en café hay pocas opciones, y si estamos aprendiendo a consumir diferentes sabores es porque nos llegó la moda de afuera, donde hay decenas de tipos de café gourmet (unos, muy pocos, colombianos). Seguramente, la moda de consumir productos locales (y orgánicos y sanos) nos llegará también, y si ayuda a hacer menos imaginaria nuestra biodiversidad, sería muy conveniente.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 20 de agosto de 2009

 
 
 

 

 

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