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Cine y perdón
 

La justicia prefiere la abstracción y la claridad: busca cómo encasillar, en síes y noes, en blanco y negro, en culpables e inocentes, la vida, tan llena de zonas grises y ambigüedades. Como lo mostró Iván Orozco en un brillante artículo del 2002, ‘La posguerra colombiana’, en el que analiza en profético detalle los más graves problemas de la negociación de paz con las Farc, el dilema entre justicia y perdón es muy difícil en Colombia porque no estamos ante un caso en el que una guerrilla idealista se enfrenta a un Estado brutal y opresor, o en el que un gobierno justo y respetuoso del derecho reprime a unos delincuentes brutales.

Nuestro problema es que la violencia es como la vida: confusa, contradictoria, sin fronteras claras. Todos son al mismo tiempo víctimas y victimarios. Los que han matado lo han hecho para vengarse de la muerte de sus padres, de la pérdida de sus bienes o de sus tierras, por parte de los otros. Unos se ven como protectores del pueblo oprimido y explotado: luchan por una sociedad más justa. Otros sienten que defienden su vida y sus derechos de una guerrilla ilegal y criminal, que secuestra, viola los principios humanitarios, ataca y ejecuta a civiles indefensos.

Por esto, el nudo central de la negociación va a ser la aplicación de la justicia: cómo encontrar el equilibrio entre la voluntad de negociación, la necesidad de dar a la guerrilla un tratamiento penal favorable y la obligación de castigar los delitos más graves y de satisfacer a sus víctimas. Para los miles de familiares de secuestrados, civiles muertos, soldados caídos en emboscadas, una amnistía o un indulto general son, moral y políticamente, inaceptables. Para la guerrilla, cuyas bases civiles fueron liquidadas en forma criminal por los paramilitares y sus aliados, resistir con las armas era una obligación moral y política, y por eso no van a aceptar que ellos eran los asesinos y no las víctimas.

Frente a estos dilemas, si tienen solución jurídica posible, hay que volver la vista a la complejidad de la vida: tratar de entender un conflicto que era para ambos lados una guerra justa y, al mismo tiempo, para casi toda mirada ajena al conflicto, una guerra injusta. Y tratar de entender, de adivinar las razones, aunque sea imposible compartirlas, de víctimas y victimarios, de guerrilleros y paramilitares, de los civiles que apoyaron a unos y otros, pagaron cuotas para que los defendieran y protegieran y justificaron, por la maldad de los otros, la maldad de los que estaban de su parte.

Poniéndose, hasta donde se pueda, en el papel de los otros, es posible que algunos sientan que, en ciertas condiciones, sobre todo si se dice la verdad y hay un arrepentimiento real, una comprensión clara de que lo que se hizo no era justo, es posible moderar el castigo y hasta estén dispuestos a perdonar.

El cine y la literatura logran a veces ver y mostrar las cosas sin destruir su relieve ni reducirlo todo a opciones sencillas. Tal vez serviría que algún canal pasara, para que todos los colombianos las vieran, películas como Beyond Right and Wrong (2012), en donde la madre de unos muchachos torturados en Ruanda, la hija del político protestante a la que el IRA asesinó, el judío y el palestino que perdieron a sus hijos, víctimas del terrorismo, perdonan a los culpables; y, sobre todo, El largo viaje de la noche al día (2000), sobre la Comisión de Verdad y Reconciliación de Sudáfrica, en la que las madres y los familiares de las víctimas, después de afirmar que no es posible perdonar, descubren que, ante un gesto de humanidad, pueden hacerlo.

Son experiencias extremas y excepcionales, pero, para imaginar una Colombia en paz, hay que pensar en lo impensable.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 18 de julio de 2013

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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