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Ciudadanía y nación
 

He leído varios artículos y libros donde los estudiosos se quejan de que en Colombia no haya habido “un proyecto de nación” claro ni se haya creado un Estado fuerte, basado en una visión compartida de nacionalidad. Este regaño al pasado, a partir de preocupaciones de hoy, me parece un anacronismo.

En el siglo XIX lo que buscaban los primeros dirigentes era crear una república, un sistema de gobierno viable y aceptado por los ciudadanos, y el problema de la identidad nacional no se planteaba: Colombia era una amalgama de reinos y regiones diferentes, y lo urgente era lograr la participación de los viejos vecinos en el nuevo orden. La nación, como decía uno de los autores favoritos de entonces, el Abate Sieyès, era un “cuerpo de asociados que viven bajo una ley común, representados por una misma legislatura” y no un proyecto cultural.

Conocemos cada día menos la historia del país, reemplazada por los afanes de cada grupo por encontrar en el pasado las pruebas de su maltrato y su desprotección. Ya no tratamos de entender a Colombia teniendo en cuenta las experiencias de su historia, sino un poco al revés, buscamos en el pasado la prueba de que el grupo con el que nos identificamos –las minorías étnicas, las mujeres, nuestra región, nuestro oficio, nuestra clase, nuestro partido– fue también una víctima. Y los especialistas, contagiados, se quejan de que los colombianos de hace 200 o 100 años no hayan sido capaces de enfrentar los problemas con la claridad conceptual que tenemos hoy.

Pero más que eso, pienso que se propone al pasado una tarea inconveniente. Me asusto pensando en lo que habría sido Colombia si personajes tan arbitrarios como Tomás Cipriano de Mosquera, o tan seguros de cómo debía ser el país como Miguel Antonio Caro, o tan intransigentes como Laureano Gómez, empeñado en arrancar cualquier semilla distinta a la del catolicismo hispánico, hubieran contado con un Estado poderoso, capaz de moldear la sociedad a su gusto, con una unidad cultural a imagen de las clases dirigentes bogotanas.

Por eso, me parece que debemos alegrarnos de haber tenido, en este aspecto, el país que tuvimos: un pedazo de mundo que desde la conquista tuvo formas de sociedad muy diferentes, desde la altiplanicie bogotana, con sus indios y sus terratenientes de nostalgias feudales, hasta la costa llena de pardos indisciplinados o la región antioqueña, de mineros, esclavos y campesinos pobres. Tanta diversidad les pudo a los que soñaban con una sociedad centralista y obediente: ni la Regeneración logró cambiar a un país que ni siquiera tiene un acento único, para crear una nación con la misma cultura, la misma identidad. Por eso, veo con simpatía los gobernantes que preferían un Estado que en vez de guiar o formar a los ciudadanos protegiera sus derechos, como Carlos E. Restrepo o Alberto Lleras, que creyeron en dar garantías a la oposición o reconocer los derechos de las minorías.

Creo que podemos vivir sin saber qué es eso que llaman “colombianidad”, como si los habitantes de esta tierra compartiéramos rasgos de identidad comunes, que nos distinguen de los vecinos o de los demás seres humanos.

Pero si la “colombianidad” es un embeleco de medios y propaganda, lo que sí es urgente es más ciudadanía: la capacidad de convivir en medio de los desacuerdos, de respetar a los que tienen un pensamiento diferente, de tener reglas de juego aceptadas por todos. Si algo podría aducirse como un rasgo de los colombianos es la poca confianza en la ciudadanía, en el orden político legal, y la creencia de muchos de que la violencia es una respuesta legítima a las deficiencias y defectos de la sociedad, a las fallas de los gobiernos y a las acciones arbitrarias de nuestros oponentes.

 

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 6 de noviembre de 2014

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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