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Ciudades visibles: imagen y realidad
 

Apenas lograda la independencia, en 1822, Colombia contrató en Europa la publicación del primer libro de promoción del país, para atraer inversionistas y, en una época en que todavía se veían con simpatía, inmigrantes. En 1870 el Ministro del Interior Felipe Zapata propuso que, con apoyo de los empresarios privados, se sacara en Europa una revista para hacerle propaganda al país.

Hoy las ciudades compiten como las naciones. En la economía actual, con tanto capital móvil y tanto viajero, las ciudades tratan de llamar la atención del mundo para seducir inversionistas y turistas. Para ello, se apoyan a veces en la tradición de vanidad local. Medellín, en los años de sus éxitos tempranos, fue la bella villa, la tacita de plata, la ciudad de la eterna primavera. Muchos tomaron en serio la idea de que Bogotá era la Atenas Suramericana, como dijo en 1864 Elisée Reclus, un francés que no la conoció, pero hubo años en que se asociaba más con el “bogotazo”, nuestra contribución al diccionario. Después estuvimos 2600 metros más cerca de las estrellas, antes de que este lema lo reemplazara, por poco tiempo, la pregunta por lo que Ud. sabe de Bogotá.

En este momento, se reúne en Bogotá un encuentro internacional, donde decenas de expertos cuentan lo que hicieron varias ciudades del mundo para ponerse en el mapa. Publicidad, propaganda, campañas de imagen no son lo esencial, aunque no sobran. Lo clave es la realidad y no la apariencia: que las ciudades sean atractivas y amables, que sus habitantes vivan bien, las apoyen y promuevan. No es asunto de maquillaje: lo primero es que los habitantes tengan una ciudad en la que sea bueno vivir, donde se pueda caminar sin temor y la única opción recreativa no esté en los centros comerciales.

Bogotá logró hacerse ver en los años noventas, con cultura ciudadana, Transmilenio, espacio público y ciclovías, parques, festivales de teatro y música, museos y bibliotecas. Y la vida se hizo más cómoda, con un tráfico más ágil, una ciudad más limpia, zonas de encuentro y comida, avances en seguridad, un estado de ánimo menos agresivo, mejor educación y atención a los más pobres. Ha habido retrocesos, pero pese a ellos Bogotá (y otras ciudades, por supuesto, como Cartagena y Medellín) puede ser un sitio digno de vivir y visitar.

Para eso hay que avanzar más. Atraer inversión supone buena infraestructura, sobre todo educativa y de transporte; para atraer turistas hay que saber en qué puede destacarse la ciudad (los espacios verdes, el Jardín Botánico y los cerros, el Museo del Oro, los programas musicales o el Festival de Teatro) y como hacer amable la vida del visitante: seguridad, buenos restaurantes y alojamientos, actividades culturales y recreativas de calidad, buen transporte.

Esto supone una población satisfecha y orgullosa, que respete y haga respetar a los demás y participe en la vida urbana, no sólo en las elecciones, y que tenga una actitud de solidaridad con todos y de cumplimiento de las reglas que hacen posible la coexistencia en las grandes aglomeraciones. Vivir en las ciudades exige convivir. Nuestros idiomas tienen esta marca: hay “política” y “politesse” porque hay polis; “urbanidad” por las urbes, “civismo” y “ciudadanía” por las ciudades.

Las próximas elecciones de alcaldes son críticas y la ciudadanía está esperando que los candidatos digan con claridad no sólo como van a resolver los problemas más urgentes (lo que a veces lleva a ilusiones y promesas incumplibles) sino que clase de ciudad vamos a buscar. Necesitamos ciudades respetuosas del medio ambiente, con ciudadanos que disfruten y cuiden su entorno natural, educados y creativos. Ciudades que respeten y atiendan a los pobres, que ofrezcan una vida cultural rica y una infraestructura moderna: esperamos saber cómo lo vamos a lograr.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 20 de enero de 2011

 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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