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Combinar las formas de lucha
 

Después de la muerte de Marulanda y de Reyes, muchos confiaban en que si las FARC quedaban bajo la dirección de un "político" y no de un militarista, las negociaciones de paz serían más fáciles. Alfonso Cano ilusionó a muchos, por su curiosa fama de ideólogo o por haber pasado por una escuela de antropología. Lo extraño es que quienes hacían estas especulaciones sostenían desde mucho antes que las FARC no tenían ideología política y actuaban solo por afanes criminales.

Al contrario: lo grave de las FARC, lo que las hace tan intratables y rígidas, es que todavía subsiste en ellas el caldo espeso de una ideología primitiva y simplista, que les impide ver y entender el mundo. Como creen que actúan según el sentido de la historia, piensan que representan los intereses populares incluso cuando atacan a la sociedad, que expresan la voluntad popular mejor que los votos, que la democracia muestra sólo como se engaña al pueblo. Y ven las crisis financieras, el desempleo o la pobreza, las denuncias contra las injusticias del sistema o el apoyo a una negociación de paz como justificación de su acción. Esa ideología les permite explicar sus peores horrores, descritos en el mejor de los casos como "errores", y negarse a ver que el pueblo no está con ellos, que quiere que paren la guerra que declararon hace años contra la sociedad colombiana, que no entiende como se secuestra, se ejecuta a civiles, se extorsiona, se ponen bombas terroristas a nombre suyo. Esa ideología es el cemento que mantiene unida una organización a la que los golpes que ha sufrido deberían de haber destruido hace mucho.

Por eso, después de los exitosos resultados de una acción militar más profesional y, por lo que parece, más respetuosa de los derechos humanos y de los civiles (y que por ello tiene mejores resultados de inteligencia y un mayor apoyo de las poblaciones locales), valdría la pena ver cómo aumentar la presión política a las FARC. Lo que hay que lograr es que aquellos militantes y simpatizantes que todavía creen en el sentido político de su lucha se den cuenta de que ésta no tiene ningún respaldo de la población, ni lo tendrá mientras sea con las armas.

Hay que recordar que las marchas de 2008 contra los secuestros tuvieron resultado, aunque las guerrillas no quieran decir claramente que los han frenado. Por lo que cuentan los medios de comunicación, han sido menos frecuentes los secuestros de civiles y políticos, y las FARC no han retenido más militares para añadir al puñado que todavía pretenden negociar. La idea de secuestrar para presionar nuevos intercambios fracasó, en buena parte por la respuesta de la población, que hizo mayores los costos políticos, nacionales e internacionales, que las posibles ganancias de una negociación.

Si cada que las guerrillas secuestran un civil, atacan una población, cometen un acto terrorista, los colombianos salen a las ventanas, paran unos minutos su trabajo y, en ciertos casos, como en 2008, marchan en todo el país, con apoyo de sindicatos, organismos de paz, iglesias, partidos, escritores y artistas, para decir que no quieren más guerra, y que las FARC deben declarar la paz, unilateralmente, puede que sectores amplios de ellas acepten que la lucha armada no tiene sentido y que es tiempo de gestos serios, como soltar a todos los secuestrados, que abran la vía a un acuerdo final de paz.

La idea es ingenua, pero funcionó en España con la ETA y creo que, después de los golpes recientes, una movilización continua de la sociedad para decirle a las FARC que Colombia quiere la paz, puede ayudar a desmoronar una organización a la que solo mantiene unida una ilusión dañina. Una acción política firme debe sumarse a la acción militar. La sociedad y el Estado deben combinar las diferentes formas de lucha.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 10 de noviembre de 2011

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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