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Comer y malgastar
 

Una pareja de gastrónomos de España, desempleados, con dos hijos y sin plata, trató de ver si se podía comer, y bien, con cinco euros al día. Lo lograron: había que comprar menos alimentos procesados y de marca, buscar pescado barato, elegir frutas y verduras según la estación, dejar de lado los cortes más finos de las carnes. También había que cocinar más y poner a trabajar la calculadora y el congelador, para usar los productos abundantes. Un blog de Anna Libera tiene recetas y comentarios, y ya están anunciando libros y folletos (http://annalibera.com/).

A muchos les gusta esto: a los que tienen un ingreso bajo les permite vivir un poco mejor; los que tienen un sueldo aceptable pueden ver si lo que comen es nutritivo de verdad, si están derrochando o botando comida.

Otros han protestado: este es un truco de los neoliberales o de los que quieren bajar los sueldos, de modo que la gente aprenda a vivir con poco y, en vez de que empresarios y gobiernos respondan por la crisis, sean los pobres los que encuentren la solución. La idea de que no se deben mejorar un poco las cosas era común en Colombia en los años 60: había grupos que decían que si se hacía la reforma agraria o se subían los salarios, los obreros y campesinos dejarían de luchar contra el sistema. El reformismo, el esfuerzo de los ciudadanos para mejorar juntos sus escuelas o sus barrios, iba contra la única solución de fondo, la revolución.

Siempre he creído en las pequeñas soluciones, y hace años, en Medellín, propuse a unos supermercados que inventaran un modelo que, a partir de la plata que uno tenía para mercar y el tamaño de la familia, propusiera un mercado ideal típico, con las proteínas, vitaminas y energías apropiadas, que se divulgaría cada semana. El proyecto falló, pues los investigadores querían una solución perfecta, con precios de todo el país y centenares de productos, lo que requería una investigación de por lo menos dos años. Y eso que no estaban averiguando cuánta energía se necesita para producir, abonar y transportar el producto y para botar y reciclar desperdicios y empaques. El afán de perfección, como es frecuente, impidió que las cosas mejoraran algo.

Lo interesante no es tanto que podamos comer mucho más barato, aunque esto no sobre. Ni que esto resuelva el problema en la población más pobre: sus ingresos son tan bajos que mercar y cocinar mejor (por ejemplo, comprar menos jugos artificiales y gaseosas y más frutas) ayuda algo, pero no va a lograr que coman lo que necesitan.

La mayor ventaja sería para los sectores medios, que cada día comen más basura, derrochan en comidas elaboradas y muy empacadas y llenan la lonchera de los niños de jugos en polvo, papitas fritas 10 veces más caras que las hechas en casa y dulces y tortas. Y para la salud de la población: en todas partes los ricos y los pobres, pero más los pobres, se están engordando con mala comida, seducidos por una publicidad “responsable”, que sugiere que respeta el ambiente, pero no dice si algo sube el peso o no. La comida chatarra es biológica y natural, los azúcares sin colesterol, las grasas de animales criados en el campo y los engordantes se producen sin abonos químicos y no tienen aditivos ni conservantes.

Por eso, tal vez sea oportuno pensar otra vez en que alguien, tal vez el ICBF, haga un modelo práctico, que se puede poner en un celular, para que cada familia sepa cómo hacer un mercado barato y nutritivo. Sería útil para los campesinos, pues se gastaría más en productos naturales locales y menos en empaques y frutas importadas, y serviría a los niños para que se acostumbren a comer mejor, sin tanto dulce ni tanto frito. Y si no mejora mucho el bolsillo de la gente, por lo menos mejora su salud.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 4 de julio de 2013

 

 

 

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