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Culpa y perdón
 


Gerardo Reichel Dolmatoff fue el más influyente antropólogo colombiano del siglo XX, y de su obra proviene en gran parte la visión actual de los indígenas precolombinos o contemporáneos. Por eso la comprobación de que, al menos entre 1934 y 1936, entre los 22 y 24 años, fue miembro de las SS, un grupo armado paramilitar, y del Partido Nacional Socialista ha llevado a un ruidoso debate. Pero lo grave, como lo reveló Augusto Oyuela en julio de este año, es un texto, publicado en 1937, en el que un posible Reichel cuenta cómo, en 1934, como miembro de las SS, participó en una masacre contra un grupo rival, un ala izquierdista del nazismo, y mató por lo menos a una persona.

La forma como el conferencista manejó la valiosa documentación fue muy informal y poco seria. La ponencia está llena de datos inexactos, fechas equivocadas, tergiversaciones y afirmaciones cuyas bases pueden existir pero no se presentan o se dan en forma vaga. El texto en el que se confiesa el asesinato salió, muy editado, en una revista cercana a las víctimas de la masacre, a partir de un relato que, según dicen, llegó a sus manos "por casualidad". Apartes del artículo coinciden con un diario de Reichel que Oyuela conoce pero que no parece mencionar el asesinato. Suponiendo que el texto publicado sea de él, lo clave es saber si la narración es verídica, o si los editores incluyeron información falsa, y este es un análisis difícil, que Oyuela ni siquiera intenta. Es por esto esencial que esta investigación avance, que se publiquen todos los documentos y se busque más información, para aclarar hasta donde sea posible lo que pasó.

No es inverosímil que Reichel haya participado en esa acción paramilitar contra un grupo rival y que después haya caído en una crisis personal: Oyuela afirma que estuvo internado por razones psicológicas en 1935, y que a comienzos de 1936 las SS lo retiraron por "incapacidad". En 1936 parece haberse exiliado en París, donde entró en contacto con grupos antinazis: en ese caso su arrepentimiento podría haberlo llevado a escribir al periódico de las víctimas de 1934, confesando su crimen: el editor, hermano de uno de los asesinados en esa masacre, habla del "alma sin sosiego" del autor del diario. Oyuela, por su parte, sostiene (¿cómo lo sabe?) que Reichel confesó por resentimiento con las SS porque no lo promovieron.

En Colombia esta historia debe discutirse y aclararse. No importa mucho para la antropología: la solidez de los aportes de Reichel es independiente de sus rasgos personales, pues la validez de una teoría o un análisis científico no es asunto de autoridad.

Pero sí importa para la discusión ética y política de la violencia en nuestra historia. Es curioso que esto se plantee por algo ocurrido en otro país, cuando son tantos los colombianos que han participado en hechos de violencia parecidos. Muchos universitarios y académicos militaron en guerrillas o grupos ligados a ellas, y justificaron y apoyaron la ejecución de los enemigos, el secuestro de empresarios o funcionarios públicos; muchos colombianos respetables pagaron a los paramilitares para que defendieran al país de la guerrilla o justificaron los abusos y asesinatos cometidos por miembros de las fuerzas públicas.

Pedir perdón es una condición elemental para que los demás -las víctimas, y todos los colombianos- perdonen. Y no se pide perdón cuando se dice que la violencia fue un error político, sino cuando se cuenta lo que se hizo y se rechaza toda forma de violencia para el futuro.

Matar por política es siempre inaceptable y la violencia corrompe todos los ideales, todos los esfuerzos por un país mejor. Ahora, cuando se habla otra vez de paz, hay que insistir en que quienes han usado la violencia deben pedir perdón y contar lo que hicieron, y en que es bueno perdonar.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 13 de septiembre de 2012

 

 

 

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