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Difícil pero necesaria
 

El comienzo del gobierno del presidente Santos parece quitar espacio a la oposición. Un gabinete excelente, la claridad del mensaje contra la corrupción y el clientelismo, el abandono de la confrontación con las cortes, el encuentro con Chávez y la búsqueda de una relación razonable con el difícil vecino son actos que parecen atender el mensaje de los que votaron en contra. Por supuesto, Santos no tiene por qué abandonar las líneas que dieron a Uribe sus grandes éxitos. La firmeza frente a la guerrilla, el rechazo a propuestas de paz que le reconozcan el derecho a discutir políticas públicas sin duda se mantendrán, con el respaldo de la opinión.

¿Quiere decir esto que la oposición es innecesaria y que para el Partido Verde o el Polo Democrático lo razonable es dejar de ejercer ese papel? No lo creo: no hay que pensar que la oposición solo tiene sentido ante gobiernos malos o muy equivocados. La función de vigilancia y control político existe incluso cuando hay un consenso razonable sobre temas centrales del gobierno. Y, en el caso concreto de Colombia, son muchas las tareas en las cuales la ausencia de una oposición razonable sería muy dañina. En efecto, el Gobierno se ha comprometido con una meta de cero corrupción, y la única manera de acercarse a ella es si la ciudadanía se mantiene activa y despierta. El clima de cruzada que predominó en el Gobierno en los últimos años acabó sirviendo de excusa para desestimar denuncias y mirar con indiferencia conductas incorrectas. Una polarización extrema, que hizo ver a la oposición como antipatriótica o como algo que, aunque fuera involuntariamente, ayudaba a la guerrilla, fue aprovechada por los que usaron el Estado para sus fines privados o para cometer delitos, intimidar enemigos del Gobierno, abusar del poder público, favorecer redes clientelistas y contratistas. Aunque las nuevas políticas del Gobierno ayudarán a debilitar las envolturas de protección que defendieron a los corruptos, sin vigilancia de la oposición no es mucho lo que puede esperarse.
Pero hay otros asuntos en los que es urgente un ajuste: hay que modificar las políticas económicas; reducir el déficit, con su efecto sobre la competitividad de las exportaciones; eliminar favores y subsidios a los empresarios, que han creado una economía que crece pero no da buenos empleos; tener una política urbana, de vivienda y transporte, que asuma la defensa del espacio público y del medio ambiente como elemento central; promover la economía campesina; lograr que el Ejército deje de desconfiar de los derechos humanos; inventar una política efectiva de seguridad urbana; convertir la protección de los recursos naturales y la lucha contra el derroche de energía en eje de la acción pública y de los esfuerzos de cambio cultural del país.

En todos estos temas, la política del Gobierno, amarrada por inercias y compromisos previos y limitada por los afectos de sus aliados, tendrá dificultades y necesita crítica y discusión. Una oposición tranquila, razonable, discursiva, puede servir mucho al país e, incluso, al Gobierno mismo, en la medida en que puede ayudarle a desembarazarse de sus peores lastres. No hay que pensar que la oposición solo es posible si al Gobierno le va mal. Un buen gobierno la necesita también y, si al país le va bien, la oposición debe alegrarse, pero saber que siempre habrá un papel para el control democrático y la invención de políticas alternativas.

Uribe estaba debilitando el sistema institucional, pero su estridente estrategia de división llevó a una inesperada rebelión de sectores amplios del electorado. Pocas cosas serían tan perjudiciales para las instituciones democráticas como la desaparición de la oposición por la satisfacción del país ante el buen comienzo y ante el bienvenido tono de calma y tranquilidad que está infundiendo el nuevo Gobierno.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 19 de agosto de 2010

 

 

 

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