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Los dilemas de la izquierda
 

Colombia, en los últimos sesenta años, ha tenido guerrillas fuertes y partidos de izquierda débiles, muchos y muy divididos. Los que creen que al país le hace falta un movimiento popular fuerte señalan que, con la pobreza y desigualdad que hay, sería lógico que hubiera un gran respaldo a un partido capaz de formar un Estado que defienda al pueblo, que busque la equidad, que no piense que lo único útil es ayudar a los empresarios.

Pero los partidos de izquierda han tenido fulgores momentáneos y desaparecido pronto. Muchas razones, fuera de sus propios errores, se dan para ello: la violencia contra sus dirigentes, la estrategia de seducción de los partidos tradicionales, que crean disidencias para atraer a los radicales y después cooptan a sus mejores dirigentes mientras abandonan a las masas, la capacidad del sistema para engañar a un pueblo ignorante y despistado, que sigue votando por los que van a explotarlo.

Las causas son muchas. Pero si hubiera que dar una sola respuesta, yo diría que si en Colombia la izquierda es débil e impotente es porque hay guerrilla. Aquí no se ha podido separar la izquierda legal de la guerrilla, porque las Farc, junto con el Partido Comunista, han defendido siempre la combinación de la lucha armada y la política legal. Como decía Gilberto Vieira en su entrevista de 1988 con Marta Harnecker: "Reivindicamos como justa la lucha armada y estamos también en la vía que llaman pacífica".

Usar las armas en una sociedad democrática, cuyas libertades se usan y cuya legalidad se reivindica, es autodestructivo. La izquierda se divide entre los que ven con simpatía a la guerrilla y los que piensan que la violencia sólo sirve a la derecha. Los sindicatos cargan con el sambenito del apoyo guerrillero, como ocurrió en Urabá, donde las huelgas se podían ganar con un secuestro oportuno. Y los que promueven una línea democrática, que rechace la violencia y organice al pueblo, se ven descalificados como entreguistas. Firmes, en 1982, encabezado por el demócrata más sincero, Gerardo Molina, tenía muchos dirigentes que a escondidas eran del M-19, lo que volvía la política un laberinto en el que nadie sabía dónde estaba.

Los partidos democráticos de izquierda se dividen tratando de decidir si, habiendo renunciado a la lucha armada, rechazan con claridad a las guerrillas y buscan que se disuelvan o hagan la paz, o se solidarizan con sus fines pero critican sus métodos y los ven como compañeros heroicos que cometen algunos "errores" tácticos. El Polo, el último ensayo de unión de la izquierda, no pudo definir con claridad su posición frente a la guerrilla, a pesar de que casi nadie la respaldaba, y esa ambigüedad ayudó a su desmoronamiento.

Los movimientos que luzcan cercanos a la guerrilla terminan rechazados por todos, en especial por los pobres, que son los que más sufren las consecuencias de la violencia, mientras que los extremistas de derecha adoptan la combinación de formas de lucha: a la autodefensa campesina la siguieron las autodefensas de Colombia, que atacaban no tanto a los guerrilleros sino a los que creían sus simpatizantes, mientras ayudaban a elegir senadores y presidentes. Cuando Vieira dio esa entrevista que defendía guerrilla y acción legal al mismo tiempo, los paramilitares ya perseguían a bala a la Unión Patriótica.

Ahora, al lado del Polo y los progresistas, hay un nuevo movimiento de izquierda, la Marcha Patriótica, que ojalá evite los viejos errores.
Pero es difícil que, si su razón de ser es ante todo impulsar un diálogo como el que pide la guerrilla, evite caer en una sinsalida: si condena con firmeza la lucha armada, será difícil que acerque las Farc a una negociación, y si, para ganar la confianza de estas parece promover sus metas, no logrará el respaldo de los grupos populares que quiere representar.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 26 de abril de 2012

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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