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Elecciones sin Garzón
 

Es interesante, en estos días de elecciones, darle una mirada a la exposición 'La caricatura en Colombia a partir de la Independencia', que organizó Beatriz González en la Luis Ángel Arango. Allí puede verse cómo, desde la pelea de Bolívar y Santander, los caricaturistas y humoristas han desempeñado un papel importante en la historia del país, una historia que podría contarse, como lo hicieron en algunos de sus libros Germán Colmenares o Darío Acevedo, a partir de los dibujos y las páginas inclementes de Alfredo Greñas contra Núñez, de Ricardo Rendón contra Miguel Abadía Méndez, de Chapete contra Gustavo Rojas Pinilla, de Klim contra López Michelsen, de Antonio Caballero contra Turbay o de Vladdo contra Álvaro Uribe, o de Pepón y Osuna sobre varios de ellos.

Aunque las restricciones legales no han sido importantes en nuestro pasado -solamente bajo la Regeneración y la dictadura de Rojas la censura fue intensa y sistemática-, los medios han cedido a veces a las presiones de los gobernantes, y en otros momentos los partidarios del gobierno han creado un ambiente de polarización e intolerancia en el que se acusa a los humoristas de agresivos, irreverentes, burlones e irrespetuosos, que es tan apropiado como acusar a un cura de piadoso y rezandero. Y aunque probablemente nunca se sabrá qué pasó, esa intolerancia pudo tener que ver con el trágico asesinato de Jaime Garzón.

Los escritores y dibujantes satíricos raras veces se dejan asustar, pero pocos han tenido la experiencia, frecuente en las dictaduras, de convertirse en la única expresión de descontento, como pasó con la Tía Vicenta, en Argentina, o La Codorniz, en España. Ni les ha tocado como a Landrú, que lo citaron al ministerio de gobierno a que le dijeran que la situación estaba grave, porque al dictador, general Onganía, no le gustaba nada la Tía Vicenta (que tenía ya la inverosímil circulación de medio millón de copias), a lo que respondió el caricaturista: "Pues no me parece grave, pues es fácil de resolver: que no la compre". Por supuesto, el gobierno militar no se demoró en prohibir la revista.

En la segunda mitad del siglo XX, la radio y la televisión colombianas se abrieron a la sátira política: Contrapunto, en los 60, se burló sin descanso de Guillermo León Valencia; Clímaco Urrutia ridiculizó la cháchara de los políticos cachacos, y desde 1990 a 1999, en Zoociedad y Quack y en las entrevistas de CM& y Caracol, Jaime Garzón caricaturizó los gobiernos de Gaviria, Samper y Pastrana. Heriberto de la Calle (otra reencarnación del José Dolores de mediados de siglo, más despierto e irreverente), Dioselina Tibaná, Néstor Elí, el portero del edificio Colombia; Godofredo Cínico Caspa y otros personajes de Garzón son inolvidables. Hoy La Luciérnaga, La Zaranda y Tola y Maruja mantienen, en radio, aunque ya no tanto en televisión, una tradición de parodia y burla de los políticos y de la sociedad, que nos hace reír en medio de la solemnidad que muchos tratan de imponerle todavía al país.

Pero la nostalgia y el pesar son inevitables. ¿Cómo serían estas elecciones en la mirada de Jaime Garzón? Algo anuncian las recopilaciones de video, los trozos que hay en Internet, donde pueden verse la entrevista con Noemí como candidata a la presidencia, la caricatura de Antanas Mockus o la defensa de Álvaro Uribe por Godofredo Cínico Caspa.

Unas elecciones con Garzón serían otra cosa: una ocasión para divertirnos a costa de los políticos y de comprender mejor a Colombia, mientras tratamos de encontrar entre ellos a los que puedan ayudar a hacer este país algo mejor, menos ansioso y desesperado, más cerca de Heriberto de la Calle. Es un pesar que no le haya tocado a Garzón esta elección, una de las más interesantes que pueda uno recordar, con candidatos y personajes que, para fortuna de los caricaturistas, se prestan para su trabajo. Cómo duele que él no pueda carcajearse más.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 29 de abril de 2010

 

 

 

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