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El economista, el héroe
 
Albert O. Hirschman, uno de los grandes economistas del siglo XX, murió hace un mes. E. Posada, F. Leal y C. Caballero han descrito sus contribuciones a la teoría del desarrollo económico o contado cómo vino a Colombia en 1952 a ayudar a establecer los mecanismos de planeación. En 1954, descontento con Rojas Pinilla y con Lauchlin Currie, abrió una firma de asesorías empresariales y económicas, y en 1956 se fue a Estados Unidos. Su experiencia en Colombia está detrás de sus ideas principales, y al menos hasta 1970 siguió escribiendo sobre el país, asesorando sus gobiernos y pensando en la compleja trama de reformismo y reacción, avances y estancamientos que lo ha caracterizado. Sus libros incluyen excelentes capítulos sobre el problema agrario, y reflexiones sobre el contexto político y moral de la planeación económica o la retórica y los argumentos de la reacción: no hay que hacer reformas, porque nunca logran algo de fondo (son inútiles), tienen efectos dañinos (son perversas) y se tiran lo poco bueno que hay (son destructivas). Aunque la impulsaba, veía la planeación económica con el escepticismo que siempre tuvo para toda verdad absoluta: según él, los planes de desarrollo "fueron en el siglo XX los equivalentes de las constituciones del XIX, por su lejanía de la realidad. Una protesta, sutil y patética, contra una realidad dominada por los políticos, con sus improvisaciones desastrosas o brillantes".

Hoy quiero evocar algo que descubrí por azar: hace años estaba viendo una película sobre un joven norteamericano, Varian Fry, que trató de sacar de Francia a centenares de artistas alemanes a los que el gobierno de Vichy iba a entregar a Hitler. Los esfuerzos de Fry, que buscaba visas legítimas, no lograron nada, hasta que una pintora amiga le presentó a un jovencito que le prometió usar sus contactos en el bajo mundo para conseguir los pasaportes falsos que le permitirían a toda esta gente huir a los Estados Unidos.

El joven se llamaba entonces Albert Hernant, para que los alemanes no descubrieran que había luchado contra su propia patria, enrolado en el ejército de Francia, pero en la película dice: "Soy Albert Hirschman".

Pegué un salto: ¿Hirschman, el nuestro, el profesor que había visto en 1970 en la Universidad Nacional? ¡Imposible! En la película, Heinrich Mann, Max Ernst, Marc Chagall, Jacques Lipschitz, Hanna Arendt y muchos más, guiados por el joven que les consiguió las visas falsas, recorren los senderos pirenaicos hasta España. Cuando Alma Mahler llega con un baúl inmenso le dice que no puede llevarlo, que solo lleve una maletica de mano. Ella le muestra: son las partituras de Gustav Mahler. Hirschman, resignado, acepta que carguen la imposible caja. Poco después, la policía se da cuenta de lo que está pasando, cuando ya casi 2.000 artistas y creadores han escapado. Hirschman sigue la ruta de los Pirineos, con sus papeles falsos, y llega a USA. Y sí, el economista joven que llegó en 1952 a Colombia era el que había ayudado a "salvar la civilización europea", según la retórica del cine.

Hirschman nunca hizo alarde de esto y sólo años después aceptó con modestia algunos reconocimientos por este hecho extraordinario. Fue siempre, como le gustaba llamarse, un perpetuo disidente, un invasor, un "subversivo de sí mismo". Todavía adolescente, había luchado al lado de los republicanos, en la guerra civil española; se sumó a las organizaciones clandestinas antifascistas de Italia en 1938 y terminó, en 1940, librando de los verdugos nazis a grandes artistas y escritores del siglo XX. Y así como en sus teorías fue más un pensador social que un economista, por su rechazo a interpretar el desarrollo con modelos simples y predecibles, como persona fue mucho más que un intelectual: un hombre comprometido, que arriesgó su vida por ayudar a los demás.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 17 de enero de 2013

 

 

 

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