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El oro, el espejismo
 

Acabo de leer Interbolsa, la historia de una élite que se creía demasiado grande para caer, un libro de Gloria Valencia, y aunque no entiendo del todo las complejas operaciones que llevaron a esta empresa a la cima y al desastre, veo que muestra bien cómo ha cambiado la cultura del país y de Antioquia en cosas de dinero y trabajo. Interbolsa, después de ganar mucho en la forma usual, cobrando una comisión por los servicios que prestaba, se puso a jugar y especular, a comprar, con recursos propios o de sus clientes, títulos que pensaba vender mucho más caros, manipulando los precios con sus propias maniobras. Cuando tropezó con las barreras normales de la especulación –los precios que uno hace subir se vuelven en contra y el costo de apoderarse de una empresa, por ejemplo, se va haciendo infinito–, se dejó llevar a la lógica de la ‘pirámide’, pagando sus obligaciones con aportes de quienes querían disfrutar de la suerte de los empresarios, sin saber que esta ya se había vuelto contra ellos. El desastre fue inmenso y muchos, ilusionados o cómplices, perdieron sus ahorros y capitales.

Hasta mediados del siglo XX, la sociedad colombiana valoraba la riqueza, pero esperaba que resultara del trabajo duro y del ahorro y la austeridad. Los viajeros se sorprendían con el contraste entre las inmensas fortunas de los comerciantes de Medellín y el estilo de vida pobre y provinciano que tenían. Un rico ostentoso, como Coriolano Amador, el ‘Burro de oro’, fue una excepción entretenida. Por supuesto, los ricos paisas compraban fincas de recreo, pero esperaban lotearlas después; viajaban a Europa y los Estados Unidos y empleaban dos o tres servidores, pero estaban convencidos de que gastaban apenas lo necesario; no gastaban en arte y preferían el aguardiente y los vestidos de Everfit al whisky y los paños ingleses. Los pobres sabían que, por más que trabajaran, no se volverían ricos, pero se conformaban más o menos con el sueño de una casita propia y una vida sin angustias.

Este libro muestra cómo el afán de ganar y ganar plata puede convertirse en la única meta y cómo la plata no vale si no se exhibe. El despliegue ostentoso de riqueza, la vida lujosa, con apartamentos en varios sitios, aviones, fiestas y amistades en todo el mundo, son prueba del éxito. Y se vuelve un factor de atracción: es, para los clientes, la prueba de que uno tiene el don de volver oro todo lo que toca. Mientras que para los espíritus tradicionales gastar mucho es el camino a la quiebra, ahora el derroche prueba más bien que se tienen las cualidades para triunfar en los negocios. Y este caso (como otros, desde los modestos ejemplos de los años sesenta hasta DMG) sugiere que estas ganas de enriquecerse rápido, de que el dinero produzca más y más dinero, se han convertido en sueño general. Aunque algunos pusieron su plata en Interbolsa confiando en la seriedad de personas por encima de toda sospecha, de “gente bien, como uno”, la mayoría querían poner su suerte en manos de quienes mostraban, con su riqueza, que habían encontrado la fórmula mágica para hacer dinero.

Hacerse rico y exhibir la fortuna son viejos impulsos humanos. El narcotráfico, que permitió el enriquecimiento súbito de muchos, y que invitaba a otros a sumarse a la aventura y compartir la suerte del que coronaba, hizo ver la riqueza como lograble por todos, y estas riquezas, compartidas o prometidas, desvalorizaron la vieja ética social, según la cual había cosas más importantes que la plata. Ahora todos, desde niños, en vez de pensar en qué estudiar o qué hacer cuando grandes, sueñan con ser ricos, ganando lo que gana un futbolista o un cantante famoso, o montando el gran negocio o la ‘pirámide’ que los convierta en alguien.

Jorge Orlando Melo

Publicado en El Tiempo, 4 de diciembre de 2014

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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