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El colombiano exquisito

 

En 1990 el escritor Adolfo Bioy Casares publicó un delicioso libro, el Diccionario del argentino exquisito, con las palabras que sirven para hacer creer que uno es más culto o de mejor nivel social que los demás.

Este uso del idioma no es nuevo. En Inglaterra el acento siempre fue clara señal de clase social. En Pigmalion, de Bernard Shaw (llevado al cine como My Fair Lady), una vendedora de mercado logra, tras pulir vocabulario y pronunciación, volverse una gran señora. Ligia Cruz, el personaje de Tomás Carrasquilla, es una joven pobre y humilde a la que un rico de Medellín convierte en dama, para mostrarle a su esposa y sus hijas que sus ínfulas de blancas elegantes no se basan en nada real, ni tienen que ver con la sangre: cualquiera puede tenerlas. Lo esencial es el acento: Ligia, después de semanas de práctica, hasta aprendió “a hablar en bogotano”.

Existe también el “colombiano exquisito”: el lenguaje rebuscado y acicalado de moda entre funcionarios, periodistas y personas que atienden público: los que quieren descrestar y mostrar que hablan mejor que sus oyentes. Ellos cambian las palabras simples, las de la gente común y corriente, por otras más largas y sonoras. El esfuerzo de elegancia lleva a veces a disparates, a usar vocablos cuyo sentido no conocen, de modo que dicen “latente” (invisible, oculto) para referirse a algo visible o “adolecer” para indicar que se carece de algo, cuando quiere decir lo contrario. O al ridículo, como las presentadoras de televisión que tienen que inventar un sonido que no existe en español y distinguir la b de la v, y decir vaca con v labidental y sonora, casi una efe.

Pero lo más frecuente es usar palabras correctas pero que se presumen elegantes, para evitar las ramplonas, vulgares, sencillas y claras. Es probable que meter, agarrar y coger hayan salido de la televisión por el miedo a aludir a actos eróticos: ahora “introducen” lo que sea y prefieren que uno “tome” el tenedor o el bus. Y el gobierno, tratando de confundir, no dice que la producción cayó o bajó sino que tuvo un “crecimiento negativo”, mientras la asistente del gerente, que reemplazó a la secretaria, “agenda” una cita y le pide a uno que le “recuerde” el nombre y le “regale” la cédula.

Otras palabras desaparecen por el susto a usarlas mal. “Después de” ya no existe y sólo se usa “luego de”. Las preposiciones son víctimas favoritas: “tras” y “contra” ya salieron de juego y hay que decir “contrario a”.

Otras, por bonitas que sean, mueren porque son sencillas y breves, y las derrota el gusto por la expresión larga o pretenciosa: en los periódicos nadie anda por la calle sino que “se desplaza por la vía pública”, ni entra a un edificio sino que “ingresa a una edificación”, ni existe tráfico sino “movilidad”. Ascender está matando a subir, descender a bajar, invidente a ciego, iniciar a comenzar y principiar, concluir a acabar, reemplazar o transformar a cambiar, “abuelito” a anciano o viejo, escuchar a oír. Y las palabras simples se cambian por largas perífrasis: “cambiar el texto” se vuelve “introducir modificaciones en la redacción del documento” y “dar comida a los pobres” se convirtió en “desarrollar procesos de atención alimentaria a las poblaciones desfavorecidas”.

Los ejemplos sobran: es fácil hacer una lista de centenares de palabras en peligro de desaparición, porque los burócratas, locutores y periodistas piensan que son de clase baja, y de palabras y expresiones presumidas, que pueden servir para un manual de estilo para personas que necesiten lucirse.

Los idiomas han cambiado siempre. Pero lo nuevo es que la creatividad popular y la literatura ya no son la fuerza principal de cambio, sino los medios de comunicación y la burocracia. Y esto puede llevar a un idioma cada vez más simple, lleno de frases huecas y palabras rimbombantes.

Jorge Orlando Melo
Publicada en El Tiempo, 9 de julio de 2009

 
 
 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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