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Flores amarillas
 

La vegetación bogotana, por clima o elección, es menos colorida que la de las ciudades de tierra caliente: los árboles que crecen en sus avenidas y patios tienen flores menos vistosas que los guayacanes de Medellín, los gualandayes de Cali o la lluvia de oro de las ciudades de la costa, y en los antejardines los jardineros parecen preferir cada vez más las plantas verdes, que no atraen demasiado a los pájaros.

Bogotá fue una ciudad con muy pocos árboles callejeros hasta la primera mitad del siglo XX, cuando aparecieron los primeros barrios con antejardines, así como algunos espacios verdes, como el Parque de la Independencia o el Nacional. Pero fue sobre todo a mediados de siglo cuando se empezó a tomar en serio la arborización. Entre las cinco y seis de la tarde, cuando la luz viene del occidente y el aire es muy transparente, los cerros cubiertos de árboles que no existían hace 60 años muestran el verde de todos los colores que les gusta a los poetas. Antes esos sitios eran pedregales y lomas desérticas, como se ve en las fotografías de la primera mitad del siglo XX o en las pinturas de Sergio Trujillo Magnenat.

Esa arborización no se hizo, como quieren ahora los más puristas ecólogos, con árboles nativos. Algunas especies importadas, los esbeltos y ahora enfermizos urapanes, el liquidámbar, los sauces amarillentos y los azulosos o plateados eucaliptos, los pinos y acacias, de flores modestas y poco visibles, dominan el paisaje por su corpulencia y su altura. A ellos se suman algunos árboles nativos poco frecuentes, como el magnífico pino colombiano que crece en La Cabrera en tierras inglesas, los cauchos sabaneros, los hermosos yarumos sembrados por particulares pues no figuran en los planes de arborización pública, o las pocas palmas de cera que han alcanzado su talla adulta.

Entre los árboles de flores más llamativas, fuera de los espinos (holly) y las eugenias ahora de moda en muchas calles del norte, y de magnolias que solo habitan en barrios de estratos altos, mi preferido es el sietecueros, menos elitista, con sus flores de dos colores, moradas y rojizas.

Tampoco hay muchos árboles frutales. Aunque los patios coloniales y republicanos de Bogotá tenían siempre brevos, duraznos y papayuelos, uchuvas y curubas, estas plantas son raras en la ciudad, probablemente para evitar que indigentes y niños se los coman o para no tener que recoger las frutas que caen al piso. Los nogales, los cerezos, favoritos de los pájaros y los saucos, podados sin misericordia para que nadie alcance sus frutos, parecen los únicos frutales en los planes oficiales de siembra.

Pero en julio y agosto Bogotá se llena de amarillo, uno de los colores de su bandera. Una florecilla tímida, el diente de león, se abre en medio de los prados, sobre todo cuando estos no se cortan con excesiva frecuencia, y los ilumina por unas semanas. Poco después las flores se convierten en las favilas que los niños soplan al viento. En los taludes de las calles de montaña y en algunos parques las manchas amarillas las hacen dos pequeños arbustos, la retama y el escobillón. Pero el milagro de color es el chirlobirlo o chicalá, un árbol traído de algún lugar de América pero ya propio, cuyos racimos deslumbrantes de flores amarillas están abiertos al mismo tiempo en toda la ciudad, antes de que, probablemente recordando las estaciones de su lugar nativo, pierda buena parte de las hojas, y largos manojos de vainas reemplacen las flores.

Es un florecimiento descomedido, casi agresivo, que da un atractivo excepcional a las calles en estos días de viento y lluvia, y que hace parte de esa belleza de la naturaleza que hay que disfrutar, a pesar de las dificultades e incomodidades de la vida diaria, de la inseguridad y los trancones de que tanto se quejan los bogotanos.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 18 de agosto de 2011

 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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