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Hecho a mano
 

En el siglo XIX, los sombreros de iraca fueron uno de los principales productos de exportación de Colombia. Iban a cubrir las cabezas de los esclavos caribeños y en la exposición industrial de 1881 subrayaron la capacidad industrial de nuestras gentes.

Pero las artesanías colombianas no tuvieron una historia muy exitosa. La conquista destruyó muchas de las industrias de los indios, y las enfermedades europeas y el trabajo forzado acabaron con los más hábiles orfebres, cesteros, tejedores y olleros. A fines del siglo XVIII, las urgencias prácticas impulsaron otra vez la producción local de telas, sombreros y lozas, influidas ya por gustos y productos europeos, como el cuero o la lana, pero su calidad no resistió la competencia industrial del siglo XIX, y el mestizaje cultural borró o marginó los grupos indígenas sobrevivientes. Durante gran parte de los siglos XIX y XX, la artesanía fue cosa secundaria, obra de pobres, campesinos e indios, despreciada casi siempre por los grupos educados y elegantes y dedicada a producir lo que no se podía importar.

Hoy, sin embargo, ha revivido, como lo puede mostrar un paseo por Expoartesanías. Desde hace veinte años esta feria ha servido como vitrina a una artesanía que, apoyada con perseverancia y tranquilidad, evoluciona y se transforma. Allí puede advertirse el increíble desarrollo de la joyería, la calidad de la cestería indígena, la inventiva de los tejedores, el diseño elegante y complejo de los artesanos del tamo o el barniz de Pasto. Aunque la artesanía produce inevitablemente una vacua y confusa retórica de identidad y una invocación ingenua al patriotismo y al regionalismo, muchos de los artesanos colombianos parecen indiferentes a estas vaguedades, y diseñan sus obras con flexibilidad, a veces atentos a las referencias al pasado y a los diseños tradicionales, a veces liberándose de toda atadura convencional, usando formas, colores y materiales exóticos y novedosos.

Por supuesto, no es una artesanía que pueda competir en riqueza y calidad con la de países con una supervivencia indígena más fuerte, como México o Perú, ni con la de la India o Indonesia. Sin una tradición vigorosa de arte popular, los objetos figurativos son casi siempre apenas pintorescos, y solo en algunos lugares hay piezas, máscaras indígenas o imágenes de carnaval, que hablan de relatos conocidos por los habitantes de una región y expresan una cultura con historias propias.

Pero no se trata de compararnos: basta que la artesanía colombiana haya logrado una producción de tan buena calidad, capaz de gustar a un público distinto, que ya no desprecia lo que se hace con las manos y que, más que productos baratos para la vida práctica, busca objetos ornamentales con un mensaje de contracultura, de distancia frente a la producción industrial, idéntica en todas partes. En efecto, buena parte del éxito reciente de la artesanía tiene que ver con el triunfo de la industria mundial, que lleva a la nostalgia del color local.

Al ver esta magnífica muestra se ve la falta que hacen una historia sólida y un museo de arte popular y artesanías en Bogotá, donde los artesanos revisen su pasado y decidan si lo acogen o lo rechazan. No hay un museo público y los ricos no guardaron objetos tan humildes. Nadie tiene una buena colección de textiles de la colonia o de cerámica de Ráquira, y para ver de qué color eran las ruanas boyacenses o las mochilas wayús en el siglo XIX hay que contentarse con las láminas de pintores extranjeros, como Roulin, Mark o los que dibujaron las colecciones de Reiss y Stbel, cuyos originales ya no existen. Y supongo que la excelente colección hecha a lo largo de 40 años por el Museo de Artes y Tradiciones Populares estará enguacalada en algún depósito. Pero valdría la pena desempacarla y mostrarla en un sitio que, como la misma Bogotá, sea una imagen de Colombia.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 10 de diciembre de 2009

 

 

 

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