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Indecisión divina y la encrucijada
 

En Occidente predomina la idea de un Dios personal, con pasiones e intereses similares a los de los hombres, atento a lo que pasa en el mundo y dispuesto a cambiar las leyes de la naturaleza, establecidas por él mismo, para favorecer a uno de sus fieles o castigar a los pecadores. Contra esta visión, la mayoría de los filósofos y científicos creyentes piensan que es una arrogancia extraordinaria suponer que Dios está dispuesto a alterar las leyes de la física para que el balón de la Selección Colombia entre a la portería del equipo contrario o para hacer caer un avión, crear una epidemia o producir un terremoto. Y que no solo es arrogancia, sino que es paradójico y hasta blasfemo que se atribuyan a intervenciones de un Dios atento al bienestar humano catástrofes que castigan sobre todo a inocentes, a los que están en las iglesias -que siempre se caen primero, porque las leyes de resistencia de materiales siguen funcionando-, o a los pobres que no tuvieron con qué hacer buenos edificios.

Sin embargo, todos los días vemos gente que dice que el terremoto de Haití fue un castigo divino por el vudú o que el sida es un castigo a los homosexuales, o futbolistas que creen que Dios es hincha de su equipo (como piensan también los de los otros equipos) y les hará el milagro.

En el siglo XIX, una fábula infantil de Mark Twain mostraba las dificultades metafísicas, lógicas y morales de creer que todo lo que pasa en el mundo es consecuencia del plan divino, del "designio inteligente" de Dios, como se dice ahora. Allí mostraba a Dios preocupado porque a Noé se le olvidara llevar en el Arca a la mosca, que trasmitiría pestes y enfermedades y aumentaría el dolor de los enfermos, los pobres y los heridos, y a los microbios, que matarían millones de niños inocentes, para sancionar los pecados de sus padres o de los amigos de sus padres.

Dado el carácter errático de sus presuntas intervenciones y sus efectos difusos y a veces contradictorios, se requiere mucha confianza en uno mismo para pensar que Dios está interesado en ayudarle a lograr sus objetivos privados. Esto parece ser lo que cree el presidente Álvaro Uribe, que declaró en enero de este año que la decisión sobre su reelección dependía de Dios, del pueblo y de la Corte Constitucional. La Iglesia, por supuesto, no quedó muy contenta con este intento de poner a Dios a favor de una candidatura, pues en Colombia, al menos, debe mantener cierta imparcialidad, aunque pueda estar decidido a ayudarnos en una guerra con Venezuela, en la que sin duda apelaríamos al apoyo del "Dios de Colombia", que fue durante décadas el "Dios del Partido Conservador" y ahora parece convertirse en el "Dios del presidente Uribe".

Sabemos por qué la Corte tiene que tomar decisiones sobre el asunto, pero no tenemos información sobre el interés de Dios en la reelección. Lo único que hemos visto, después de un año de incertidumbre, es que la indecisión sigue. Dios no ha mandado señales claras de sus preferencias (a menos que se las comunique en privado al Presidente, o que alguien hubiera logrado 'chuzarlo', pero en esos casos ya sabríamos algo) y el país sigue en una situación que afecta la marcha de la democracia, que va a convertir las elecciones de este año en un simulacro apresurado y que además está acabando políticamente con los amigos de Uribe, que van a desaparecer de las encuestas, como pasó con Arias, hasta que la única salida sea el Presidente mismo.

La capacidad de tomar decisiones rápidas es una de las cualidades más importantes de un gobernante. Afortunadamente, Dios no es el Presidente de Colombia, porque un mandatario tan indeciso sería poco conveniente en un país como el nuestro. Y ojalá el Presidente deje de esperar señales del más allá, para que el país salga pronto de la encrucijada.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 4 de febrero de 2010

 

 

 

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