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Infierno en el trópico
 

En la historia universal de la infamia, pocos capítulos superan el horror de la esclavitud de los indios del Putumayo y el Amazonas por los caucheros, entre 1900 y 1912. Según algunos cálculos, en estos años de genocidio la población de los huitotos bajó de 40.000 a menos de 10.000. La Casa Arana, la compañía peruana que explotaba el caucho, fue disuelta en 1912, a consecuencia de las denuncias de Roger Casement, un irlandés que convenció a Europa de la explotación de los nativos africanos y americanos. La trágica vida de Casement, a quien los ingleses fusilaron en 1916 por su apoyo a la independencia de Irlanda, la contó hace poco Mario Vargas Llosa en El sueño del celta.

Casement, encargado por el gobierno inglés de aclarar lo que estaba pasando en el Putumayo, después de recorrer la zona en 1911, se llevó dos indígenas a Inglaterra: un niño, Omarino, que pesaba 25 kilos pero al que sus amos hacían llevar una carga igual de caucho, y al que "compró" dando un regalo a los que lo tenían, y un joven de unos 19 años, Aredomi (o Ricudo), que se empecinó en viajar con él y prefirió dejar a su esposa en La Chorrera.

Es posible que quisiera usarlos para dar más fuerza a sus denuncias en Inglaterra, donde estaba la sede de la Casa Arana, pero también, por lo que se ve en sus diarios, que creyera que sacándolos de ese infierno su vida mejoraría. Puede incluso haberse ilusionado con la idea de que podían convertirse en irlandeses: "Aredomi, si se vuelve europeo, mandará por su esposa, o regresará si lo prefiere".
A pesar de los esfuerzos de Casement -trató de meter al pequeño a una escuela, los mostró en todas partes y encargó al pintor William Rothenstein su retrato, que quién sabe dónde estará-, parece que la nostalgia por su tierra los dominó. Aredomi declaró al Daily News en 1911: "Londres es maravilloso, pero el gran río y la selva, donde vuelan los pájaros, eso es más bonito".

Casement, entonces, los volvió a llevar al Amazonas a fines de 1911, cuando regresó a Iquitos, como se publicó en la prensa peruana y aparece en sus papeles. Después de esto, nadie supo más de ellos y se pierde su rastro en esa frontera violenta, donde poco se escribe, sin notarios ni periódicos, entre los colonos blancos y las comunidades indígenas. No se sabe si volvieron a vivir con los indígenas o se quedaron en los pueblos de blancos, como pensaba Casement, que creía que, habiendo salido de la esclavitud, Aredomi preferiría volverse un "brasileño libre" y no volver a quedar bajo la Casa Arana.

Algunos miembros de la comunidad huitoto siguen ahora el rastro de los dos jóvenes, pero es poco probable que se descubra qué pasó después de su regreso. Habría sido un milagro que alguien hubiera tropezado con ellos, los hubiera reconocido y hubiera hecho algo para registrarlo.

Casement seguramente pensaba que hacía bien al llevarse estos jóvenes a Europa, como cuando denunciaba los horrores de la Casa Arana o del imperialismo belga en el Congo. Ahora su acción resulta discutible: ¿les estaba ayudando a los dos indígenas al "comprarlos" para librarlos de su esclavitud, o estaba aplicando una lógica colonial al pensar que podían volverse europeos y que estarían mejor en Londres que en esa selva, ese paraíso del diablo? ¿Al sacar a los dos jóvenes, por un acto de simpatía que podía, incluso, estar alimentado por fantasías sexuales, estaba usándolos para apoyar sus proyectos políticos?

Lo inquietante de este incidente, me parece, es que muestra qué tan difícil es aplicar juicios morales absolutos a las acciones de los demás. La historia humana es inevitablemente ambigua, pero aunque nunca tendremos los elementos para pronunciar un juicio final, siempre daremos crédito a Casement por lo que hizo en favor de los indios y contra los imperios de Europa.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 11 de Octubre de 2012

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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