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Jardines para pájaros
 

En el Museo del Oro veo una flor precolombina perfecta. Sus tres pistilos la identifican: los curas de América, pensando ver en ellos los clavos de Cristo, la llamaron “flor de la Pasión”, de la familia de las curubas. Un japonés me dice que en su país es la “flor del reloj”: los pistilos son las tres agujas que marcan el paso del tiempo.

Esta flor de oro me hace pensar en las plantas que han adornado a Bogotá. A la llegada de los españoles, la sabana era sobre todo agua: humedales, pantanos, lagunas. Pocos y pequeños árboles: alisos, sietecueros, encenillos. El bosque de verdad estaba en las laderas de las montañas.

La ciudad colonial no tuvo casi árboles en los espacios públicos: poco antes de la independencia se hizo una “alameda”, sin álamos pero tal vez con sauces que evocaran el paisaje español. Sin matas afuera, los patios de las casas servían para cultivos descuidados, “melancólicos y aun sombríos”, entre prácticos y estéticos: las yerbas medicinales, los frutales exóticos –brevo, naranjo, durazno– y locales –tomate de árbol, papayuela– alimentaban aves y abejas y daban uno que otro fruto, tan ácido que era mejor en dulce.

En la segunda mitad del XIX, los orejones sabaneros trajeron árboles para sus haciendas: el eucalipto y el pino se sumaron a los sauces europeos y a árboles americanos que se buscaba aclimatar, como sietecueros o nogales. Algunos parques públicos empezaron a tener flores y al crecer la ciudad, al norte de la 26, los nuevos barrios, influidos por modelos de Estados Unidos, dejaron espacio para plantas: las casas de Teusaquillo o el Barrio Inglés tenían antejardín y muchas urbanizaciones previeron parques y senderos. Los grandes proyectos de los últimos 50 años incluían áreas verdes, y en los barrios más ricos, los árboles compensan algo la destrucción de la naturaleza producida por el crecimiento de la ciudad. El urapán, un fresno traído del Japón hacia 1946, es uno de los árboles inmensos que buscaban dar elegancia a las nuevas avenidas.

Pero la vieja ciudad seguía desnuda, y los dos grandes cerros –Monserrate y Tequendama– perdieron su vegetación, convertida en leña, en esos años sin fogón eléctrico ni de gas. Las fotos de 1950 muestran dos eriales de piedra y tierra como fondo de la ciudad. Las empresas de servicios públicos y la administración corrigieron esto: los cerros se llenaron de árboles, a veces de elección discutible, pero que recrearon un inmenso mar verde, que ahora se une a los páramos orientales y al bosque nativo que sobrevive al norte, atacado por una guerrilla móvil de urbanizaciones piratas y parcelaciones de ricos.

Desde entonces, la ciudad se ha hecho más verde: liquidámbares, chicalaes, eugenias, saúcos y los nativos yarumos se extienden. Pero parece dejar de lado sus recuerdos, identificados, como las artesanías y otras señales populares del pasado, con la pobreza y la fealdad: ya es insólito ver, fuera de los barrios populares, tomate de árbol, papayuelos, uchuvas o brevos, rosales y curubas: se volvieron matas de pobres, que contrastan con las plantas de la gente bien. Avanza un diseño amigo del verde, pero que sospecha del color, de las flores y las frutas y que lleva a jardines tan poco útiles al ecosistema como un jardín de plástico. Los separadores y las paredes se llenan de la austera hiedra y los antejardines, de helechos y plantas que casi no florecen, para evitar la invasión de pájaros, abejas y alimañas similares.

A pesar de todo, las aves siguen llegando a una ciudad cada vez más tibia: sería bueno llenar de flores, frutas y semillas los jardines, y ahora que hay menos espacio, las terrazas y balcones, para recibir con una buena fiesta a los pájaros que vengan aquí.

 

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 23 de septiembre de 2014

 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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