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Medios, democracia y desencanto
 

La democracia funciona, se supone, porque los ciudadanos escogen a sus gobernantes por lo que saben de ellos: su trayectoria, lo que proponen, los costos y beneficios de sus propuestas. Esta idea es descaradamente optimista. En realidad, la información de los electores es muy limitada.

En Colombia, los noticieros dan titulares sin contenido ni desarrollo, más o menos escandalosos y sensacionalistas. Uno se entera más fácilmente de la vida privada de los políticos que de las consecuencias de sus programas. Las noticias sobre asuntos públicos son ante todo sobre aspectos pintorescos, enredos, fracasos, corrupción o malos manejos. Pero es ingenuo pensar que donde los ciudadanos tienen mejor información escogen mejor.

Es cierto que no hace falta un análisis exhaustivo de todo para decidir si un político merece apoyo. Cierto grado de ignorancia es inevitable, y sería suficiente saber si es honrado, ver si lo respalda un partido serio y si lo que dice sobre dos o tres temas claves es razonable y sensato.

Hace unos 140 años, el presidente Eustorgio Salgar decía que a las urnas se llegaría a través de la escuela: la idea era que una población educada iba a elegir a sus gobernantes con independencia, sin seguir ciegamente al cura o al cacique local.

En el siglo XX se pasó de sociedades analfabetas a países donde los ciudadanos tienen varios años de escuela, y por esto hoy, por primera vez, la mayoría de las naciones tienen autoridades elegidas. Pero los cambios en los medios de comunicación han dañado el efecto de la educación: la gente lee poco porque la radio y la televisión son un sustituto cómodo para estar enterado, apto para la propaganda y la manipulación. En ellos, la imagen domina el contenido, la apariencia, la realidad, la farándula le gana a la política o la cultura. Las noticias buscan asustar, divertir o preocupar al oyente por unas horas, pero no informar.

Los políticos se vuelven gente famosa, estrellas de televisión, que crean paso a paso los incendios en los que acabamos quemándonos, porque lo que les importa es el rating y este depende de que sobornen de a poquitos, con favorcitos, con subsidios para pobres y ricos, a sus televidentes y radioescuchas, dando la impresión de que los gastos públicos son regalías que nadie paga.

En todo el mundo, los partidos están desapareciendo y los reemplaza la democracia de la imagen. En América Latina, los años de Lagos, Lula o los Lleras se ven remotos frente a la era del espectáculo populista y la promesa de los que gobiernan para la galería o siempre serán mejores el año que viene que el que pasó, que no necesitan resolver nada a fondo, pues los temas cambian a cada momento y los problemas no resueltos se puedan aplazar.

A veces, como pasa con la crisis económica en Europa y Estados Unidos, un problema persiste, de modo que los demás fantasmas -la violencia, la inmigración, los males de la salud o la educación, el fútbol o los toros- no logran hacerlo olvidar. Entonces se ve que los dirigentes, los Berlusconi o los Rajoy, son de segunda o tercera categoría, y los más viejos evocan a Churchill, Kennedy, Adenauer o De Gaulle, sueñan con gobernantes con una visión integral de la sociedad, con proyectos distintos a quedar bien, salir de los enredos como se pueda y prometer algo a todo el mundo.

Pero no hay forma de volver atrás: la democracia es un sistema imperfecto, cuyo tono depende en gran parte de los medios de comunicación, y lo que puede hacerse para cambiar esto es poco. El consuelo es que es mejor una democracia farandulera que una dictadura. Pero lo triste es que la gente, desencantada, espera apenas que se arregle a medias el problema de cada día, pues nadie piensa a largo plazo, nadie se atreve a buscar soluciones de verdad para los problemas de la economía o la sociedad.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 3 de enero de 2013

 

 

 

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