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El Muro y el triunfo del mercado
 

Hace veinte años cayó el más ambiguo sueño del siglo XX: el comunismo. A nombre del fin de la explotación del hombre por el hombre, de la igualdad de todos, de un gobierno racional de la sociedad, esta ilusión produjo las tragedias más terribles. Probablemente en toda la historia no ha habido regímenes más crueles que los que se crearon a nombre del comunismo: la certeza de tener la verdad y la justicia les dio la energía para destruir y matar a nombre del futuro.

La crisis de 1989 era esperada. Desde mucho antes, economistas conservadores, como Ludwig von Mises, o socialistas, como Rudolf Bahro, habían mostrado que el sistema productivo comunista era un desastre: que el Estado fijara lo que una sociedad compleja debía producir creaba derroches, inversiones inútiles, bienes que nadie quería, mientras no se producía lo que la gente necesitaba. Reemplazar el mercado, un sistema de ajuste dinámico e interactivo, por decisiones burocráticas, para que unos pocos expertos "planificaran" lo que la sociedad necesitaba, era imposible. Por eso, entre 1957 y 1989, el debate central en Europa oriental fue cómo reintroducir el mercado a la economía, pero el temor a que esto acabara con la dictadura del partido comunista impidió tomar decisiones a tiempo, y al fin todo se vino abajo.
El mercado, en efecto, es un mecanismo con un núcleo democrático: cada persona decide lo que está dispuesta a gastar para obtener algo y cuánto espera por los servicios o los bienes que vende, y lo confronta con los demás. Millones de actos independientes producen un resultado que satisface las necesidades sociales y, mediante el desarrollo tecnológico, lleva a más riqueza y bienestar.

Pero el mercado no es perfecto: muchas veces se produce menos de lo que sería posible, y funciona mal cuando la información de los agentes económicos es incompleta o imperfecta, y cuando la desigualdad entre ellos es muy grande, como ocurre en todas partes. Si unos pocos monopolizan alguna rama de la producción, acaban haciéndose pagar más que otros por un esfuerzo similar. Y el voto democrático en el mercado es un voto sesgado, pues cada uno vota con sus ingresos, con su plata, de modo que los consumidores de whisky pueden derrotar a los que quieren algo más útil. Y, finalmente, como en política, los participantes pueden caer en ilusiones colectivas, que hacen que los mecanismos de equilibro actúen cuando el daño ha sido ya grande, como pasó con la crisis reciente.

Por eso, desde 1930, los economistas han tratado de evitar que el mercado produzca crisis destructivas periódicas. Sus recetas, aunque casi siempre se aplican tarde, han funcionado. Después de 1929, las sociedades avanzadas hicieron un gran esfuerzo para que el Estado complementara al mercado poniendo al alcance de todos los ciudadanos un case inicial parecido, sobre todo en salud y educación, y aplicando políticas de redistribución del ingreso, que hacen que el voto de los consumidores sea algo menos desigual, yY desde entonces el Estado interviene para mejorar la información y reducir las ilusiones colectivas, regulando la moneda y los sistemas financieros y actuando donde el mercado se queda corto: este no previene bien la destrucción excesiva de recursos naturales y del medio ambiente, pues no cobra a tiempo los efectos futuros; y no promueve lo suficiente el desarrollo educativo, científico y tecnológico, de resultados muy inciertos.

A 20 años de la caída del muro de Berlín y a dos de la crisis que pareció anunciar la caída del mercado, resulta claro que este es el mecanismo insustituible para que la economía funcione y que nada lo va a reemplazar, pero que hay que complementarlo, regularlo y hacer que sirva los objetivos de la sociedad. El comunismo se acabó, pero al capitalismo le conviene cierta dosis de control político y social, cierta dosis de eso que los gringos llaman "socialismo".

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 12 de noviembre de 2009

 

 

 

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