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Festival de música de Cartagena
 

Los festivales de música, fuera de juntar buenos conciertos, son también un evento social. Reúnen aficionados reales con los que van a que los vean oyendo, luciendo ropas elegantes, haciendo parte del 'music set' que aparece en periódicos, cocteles y lanzamientos.

Por temor al ambiente de pose me había resistido a ir al Festival Internacional de Música de Cartagena, pero este año acepté dar una conferencia sobre la música en la Independencia y la experiencia desmintió todos mis prejuicios. Por supuesto, hay a veces un ambiente de exhibición social, pero acaba siendo un mecanismo hábil para lograr lo que vale la pena del festival, que es su inmenso impacto educativo.

Por supuesto, los conciertos son excelentes y poco convencionales. El festival tiene un director musical audaz, al que le gusta arriesgarse. En uno de los conciertos ese mismo director, pianista reconocido, hacía variaciones sobre la línea musical sugerida por una marimba caucana; en otro, violinistas y chelistas, después de tocar a Beethoven y Schumann, seguían un ritmo tropical. Al lado de Bach o Mozart se oye la música de las costas, la cumbia de un grupo popular y pachanguero de Medellín, el trío de tiple, bandola y guitarra que toca repertorio tradicional, composiciones propias o una adaptación divertida de la Pequeña serenata de Mozart. El tono rompe la falsa solemnidad asociada con los conciertos de música clásica, y atrae, además de viejos aficionados como yo, a gentes de las nuevas generaciones.

Además de las presentaciones en teatros y sitios elegantes, de boleta cara, en plazas y parques hay eventos gratuitos con los que el festival atrae un público nuevo. El concierto en Getsemaní, en el atrio de una iglesia colonial, con un altar luminoso como fondo y una esbelta violinista que parecía a punto de volar arrastrada por el viento, es inolvidable.

Pero hay algo todavía más valioso: una escuela de música en la que unos 400 jóvenes, de Cartagena y de todo el país, vienen a tomar clases con los músicos del festival. El entusiasmo, la alegría de estudiar con un maestro admirado, animan a estos estudiantes, muchos muy pobres, que han conseguido del mismo festival, de empresas, universidades y escuelas o de sus propios bolsillos los recursos para pasar una semana en Cartagena oyendo, aprendiendo y tocando, después de participar a veces, a lo largo del año, en otros cursos y eventos, cuidadosamente organizados. Los músicos extranjeros, emocionados con la pasión de estos jóvenes, traen a veces partituras o cuerdas para los que no tienen cómo conseguirlas.

Los conciertos gratuitos y sobre todo las clases hacen olvidar cualquier reserva ante el posible ambiente: es claro que los conciertos más estirados ayudan a sostener la gran contribución que el festival hace al país. La cultura y la educación sirven a veces para fijar diferencias y marcar distinciones, pero cuando se crean oportunidades para que gente de todos los niveles disfrute de ellas, pueden ser medios muy eficaces de igualdad social. En un país que oscila entre la frivolidad y la tragedia, es alentador ver la dedicación de los que contribuyen a hacer de la cultura un bien al alcance de todos y es difícil pensar en un mecenazgo más productivo que el de los que apoyan el esfuerzo educativo del festival.

Nuestro sistema escolar hace poco de lo que más debería hacer: desarrollar la sensibilidad de los niños, su capacidad artística. Pocas cosas tan útiles para la cultura colombiana como compensar esas debilidades de la educación y ayudar a que se formen músicos de alto nivel, que no respeten la separación entre música clásica y popular, que puedan mirar ambos lenguajes sin reverencia beata hacia el pasado y la tradición, que sean capaces de inventar y de crear cosas nuevas.

 

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 21 de enero de 2010

 

 

 

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