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El neoconservatismo
 

Imposible describir qué creen los liberales o los conservadores, en el mundo o en Colombia. Los partidos cambian, reflejan los cambios en la sociedad y están formados por grupos diferentes, con posiciones distintas. Esto es muy claro en la Colombia que siguió al Frente Nacional: allí la confrontación política perdió su ardor ideológico, dejó de enfrentar programas, creencias o visiones del país, y fue reemplazada por la búsqueda de apoyos y votantes mediante el reparto de favores y la manipulación de recursos públicos.

Sin embargo, los partidos no pierden del todo su talante, su marca de origen. El conservatismo colombiano nació para conservar, y tuvo sus momentos de gloria cuando logró convencer a buena parte del país de que había mucho que valía la pena mantener y que estaba amenazado por otros partidos. Se creó en 1849 para enfrentar, a nombre de la decencia, la iglesia y la familia, a un liberalismo iluso y radical, que podía destruir las jerarquías sociales y la tradición cristiana del país con sus errores, su creencia en la libertad de cultos o de enseñanza, la emancipación de los esclavos, el igualitarismo social. Después de años de dominio liberal, de confiscación de bienes de la iglesia, de educación laica, de federalismo, llegó al poder en 1886, encabezado por un liberal arrepentido, Rafael Nuñez, y restableció un Estado confesional y centralista, una educación religiosa, un país ordenado y respetuoso de la tradición. Durante la "revolución en marcha", otro intento liberal de debilitar los valores tradicionales, el conservatismo terminó rodeando a un dirigente que veía en grave peligro a la civilización cristiana, atacada por el protestantismo, el comunismo y la masonería, que formaban la cabeza y la fuerza del liberalismo. En 1952 ese conservatismo intentó erradicar definitivamente los pecados liberales del país, y aunque no lo logró, pudo aliarse en 1957 con ese mismo liberalismo para formar el Frente Nacional, en el que los cambios serían lentos, graduales y tranquilos.

En los años recientes el conservatismo no ha encontrado mucho que conservar: es una coalición pragmática, que combina neoliberales y defensores, con base en la llamada "doctrina social de la iglesia", de la intervención estatal a favor de los más pobres, y junta los más generosos promotores de una paz negociada con la guerrilla con adalides del mantenimiento de un orden autoritario, mediante la represión, armada o legal.

Sin mucho que lo diferencie del liberalismo, sus electores han disminuido bastante, en una sociedad en la que todos parecen preferir el cambio y el progreso y pocos quieren que las cosas se conserven como están. Sin embargo, algunos conservadores buscan revivir la tradición: hay que conservar los valores cristianos, amenazados otra vez por el laicismo. Apoyados en las enseñanzas de los sectores más tradicionalistas de la iglesia, buscan imponer como reglas obligatorias de la sociedad sus propias creencias. Están seguros de que hay una ley natural, que les ha sido revelada, y de la que se deriva el juicio moral, que prohíbe, por ejemplo, el control de la natalidad, el sexo fuera del matrimonio o las relaciones amorosas entre personas del mismo sexo. Saben, porque Dios lo ha dicho, que el feto recibe el alma desde la concepción, y es una persona desde ese momento, y no, como creen otros, cuando es viable o se forma su sistema nervioso. Por eso niegan a las mujeres el derecho a decidir si, en casos extremos, pueden abortar, y no se resignan a luchar contra el aborto buscando la conducta responsable de las personas: las mujeres que decidan hacerlo (pero no puedan hacerlo en forma segura y reservada), pagarán su pecado en la cárcel. Y es que, como se decía hasta mediados del siglo XX en los mismos ambientes, "el error no tiene derechos".

 

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 13 de octubre de 2011

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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