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La nueva teoría económica
 

En los últimos años, ha habido una revolución en la teoría económica. Como el muro de Berlín, la confianza en las viejas ideas se desmoronó. Ahora nadie cree en subir los impuestos a los ricos y bajárselos a los pobres, elevar los salarios a los trabajadores y bajarlos a los que más ganan. Todo lo contrario.

Ahora, los economistas demuestran que la mejor manera de ayudar a los pobres es no subirles el salario, porque entonces no los contratan, y que lo más dañino para ellos es que los empresarios paguen subsidios familiares y cosas parecidas. Que lo peor para los campesinos es hacer reforma agraria, pues ellos (aunque crearon la economía cafetera sin apoyos ni subsidios públicos) no saben cultivar la tierra, a menos que los expertos les enseñen a sembrar. O que es tonto poner altos impuestos a la tierra, para que deje de ser un bien suntuario o una alcancía de valor.

No: hay que ayudar a los grandes propietarios, que dan empleo a los que no tienen tierra. Y para eso, fuera de bajarles los impuestos, hay que darles créditos, subsidiados o no reembolsables ("reembolsables con aumentos de producción"), compensarlos cuando los precios internacionales o la tasa de cambio no son favorables, pero dejándolos disfrutar sus bonanzas cuando lo son y, sobre todo, mantener la protección para que los consumidores subsidien con precios altos a los pobres empresarios rurales, a cambio de mantener unos pocos empleos, menos productivos y eficientes que en otras partes.

Los economistas creían antes que subir los salarios promovía la industria de bienes de consumo masivo, ampliaba el mercado interno y desestimulaba los consumos suntuarios y los gastos improductivos. Ahora saben que deben bajar los salarios, para competir con los chinos y especializarnos en exportar bienes básicos, producidos por una mano de obra sin mayor calificación. Y cobrarles impuestos de renta a los trabajadores, para compensar la conveniente reducción de los que pagan los de mayor ingreso. Con bajos salarios y bajos tributos para empresarios y gerentes, los capitales extranjeros invertirán en nuestro país.

Esta política económica requiere, para que los electores no la rechacen, dar a todos. Antes, subsidios y ayudas estatales debían ir sólo a los más pobres. Ahora, buena parte de los impuestos se usan, no para prestar servicios neutrales del Estado, sino para devolverlos a los mismos que los pagan bajo la forma atractiva de un regalo del Estado, un favor generoso, que llega ya a gran parte de la población, incluyendo los estratos medios.

Dado el triunfo de la nueva teoría, no es raro que el programa Agro, Ingreso Seguro se haya concebido como un mecanismo de ayuda a los ricos. Y que su promotor lo haya defendido en forma tan cruda, sin la flexibilidad pragmática del Presidente, y seguro de que todos los beneficiarios cumplían los requisitos del caso.

Este modelo no es absurdo y puede tener éxito. Si se mantiene durante años, acabará atrayendo capitales y promoviendo el crecimiento. No será equitativo, pero a la larga ayudará a la mayoría de la gente. Y no es el único camino posible: Colombia podría mejorar la productividad del trabajo, hacer más valioso lo que vendemos con educación e investigación, crear una economía basada en el conocimiento y en la riqueza y diversidad naturales, sin creer que quitar los beneficios a los pocos trabajadores formales vaya a darle la gran ventaja.
Pero la distribución de regalos atrae la corrupción y tiene un costo moral alto: convertir al Estado en agente de favores, para ricos o pobres, produce una población pedigüeña, que acaba vendiendo su dignidad y cuya única pregunta es qué ayuda le dará el Estado. Y lleva a un país donde la fuente del éxito son las palancas, las conexiones y la información sobre cómo sacarle plata al Estado, en forma más o menos engañosa, y no el trabajo duro y productivo.La nueva teoría económica

En los últimos años, ha habido una revolución en la teoría económica. Como el muro de Berlín, la confianza en las viejas ideas se desmoronó. Ahora nadie cree en subir los impuestos a los ricos y bajárselos a los pobres, elevar los salarios a los trabajadores y bajarlos a los que más ganan. Todo lo contrario.

Ahora, los economistas demuestran que la mejor manera de ayudar a los pobres es no subirles el salario, porque entonces no los contratan, y que lo más dañino para ellos es que los empresarios paguen subsidios familiares y cosas parecidas. Que lo peor para los campesinos es hacer reforma agraria, pues ellos (aunque crearon la economía cafetera sin apoyos ni subsidios públicos) no saben cultivar la tierra, a menos que los expertos les enseñen a sembrar. O que es tonto poner altos impuestos a la tierra, para que deje de ser un bien suntuario o una alcancía de valor.

No: hay que ayudar a los grandes propietarios, que dan empleo a los que no tienen tierra. Y para eso, fuera de bajarles los impuestos, hay que darles créditos, subsidiados o no reembolsables ("reembolsables con aumentos de producción"), compensarlos cuando los precios internacionales o la tasa de cambio no son favorables, pero dejándolos disfrutar sus bonanzas cuando lo son y, sobre todo, mantener la protección para que los consumidores subsidien con precios altos a los pobres empresarios rurales, a cambio de mantener unos pocos empleos, menos productivos y eficientes que en otras partes.

Los economistas creían antes que subir los salarios promovía la industria de bienes de consumo masivo, ampliaba el mercado interno y desestimulaba los consumos suntuarios y los gastos improductivos. Ahora saben que deben bajar los salarios, para competir con los chinos y especializarnos en exportar bienes básicos, producidos por una mano de obra sin mayor calificación. Y cobrarles impuestos de renta a los trabajadores, para compensar la conveniente reducción de los que pagan los de mayor ingreso. Con bajos salarios y bajos tributos para empresarios y gerentes, los capitales extranjeros invertirán en nuestro país.

Esta política económica requiere, para que los electores no la rechacen, dar a todos. Antes, subsidios y ayudas estatales debían ir sólo a los más pobres. Ahora, buena parte de los impuestos se usan, no para prestar servicios neutrales del Estado, sino para devolverlos a los mismos que los pagan bajo la forma atractiva de un regalo del Estado, un favor generoso, que llega ya a gran parte de la población, incluyendo los estratos medios.

Dado el triunfo de la nueva teoría, no es raro que el programa Agro, Ingreso Seguro se haya concebido como un mecanismo de ayuda a los ricos. Y que su promotor lo haya defendido en forma tan cruda, sin la flexibilidad pragmática del Presidente, y seguro de que todos los beneficiarios cumplían los requisitos del caso.

Este modelo no es absurdo y puede tener éxito. Si se mantiene durante años, acabará atrayendo capitales y promoviendo el crecimiento. No será equitativo, pero a la larga ayudará a la mayoría de la gente. Y no es el único camino posible: Colombia podría mejorar la productividad del trabajo, hacer más valioso lo que vendemos con educación e investigación, crear una economía basada en el conocimiento y en la riqueza y diversidad naturales, sin creer que quitar los beneficios a los pocos trabajadores formales vaya a darle la gran ventaja.

Pero la distribución de regalos atrae la corrupción y tiene un costo moral alto: convertir al Estado en agente de favores, para ricos o pobres, produce una población pedigüeña, que acaba vendiendo su dignidad y cuya única pregunta es qué ayuda le dará el Estado. Y lleva a un país donde la fuente del éxito son las palancas, las conexiones y la información sobre cómo sacarle plata al Estado, en forma más o menos engañosa, y no el trabajo duro y productivo.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 29 de octubre de 2009

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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