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El país del olvido y la repetición
 

Según una encuesta de Latinobarómetro, el 65 % de los colombianos no saben de qué país nos independizamos hace 200 años. No es raro. Desde hace casi 30 años desapareció la enseñanza de historia de los programas educativos y se convirtió en un posible tema del programa de ciencias sociales, diseñado a partir teorías complejas y muy difíciles de llevar a la práctica, para promover la bondad de los niños y las llamadas “competencias”, sin preocuparse mucho por lo que aprendían los estudiantes. Esto exigía, para funcionar, docentes del más alto nivel, buenos textos y excelentes bibliotecas, pero más bien fue acompañado por la decadencia del texto escolar, que sobrevive en los colegios para familias con plata, y por la casi desaparición, fuera de Bogotá, Cartagena y dos o tres sitios más, de las bibliotecas escolares.

Además, el ambiente cultural actual, los medios de comunicación y los valores sociales promueven ante todo la recreación y el espectáculo, el goce del presente y el placer del futuro. Todo esto contribuye, con la pésima formación en historia, a hacer de Colombia un país desmemoriado, con poca conciencia del pasado y de la historia.

Por supuesto, enseñar historia en Colombia, con décadas recientes tan angustiosas, es incómodo e irritante, hasta una forma de maltrato infantil, y uno piensa a veces que es mejor que los niños no sepan qué pasó en los últimos setenta años, no se enteren de las locuras de la guerrilla, de las formas criminales que adoptó la represión oficial, del auge de la corrupción o de que gran parte del país abandonó la ley y escogió la violencia, a nombre de la revolución o del derecho a la autodefensa.

Esta ignorancia del pasado ayuda a que, como a los personajes de Cien Años de Soledad, nos descresten los que inventan el hielo y proponen como solución lo que ya fracasó. La política es el paraíso de la repetición. Cada rato el Congreso decide que para reducir el crimen hay que endurecer los castigos, y un tiempo después, en forma previsible, saca una ley de amnistías y rebaja de penas para descongestionar las cárceles. Cada cuatro años votamos creyendo en las promesas sonrientes de siempre, sin averiguar quiénes han mostrado que son capaces de gobernar bien. Y nos ilusionamos una y otra vez con acuerdos de paz que acaben la violencia. En 1903 firmamos la paz, en 1910 se hizo la Unión Republicana, en 1930 la Concentración Nacional, en 1946 la Unión Nacional, en 1957 hubo amnistías, rehabilitación y Frente Nacional, en 1991 hicimos el acuerdo con las guerrillas y una constitución que lo prometía todo, y a comienzos del siglo XXI firmamos la más generosa paz con los paramilitares y los absolvimos de sus pecados, convencidos de que así volvería la seguridad perdida.

Pensando en este desinterés por lo que ocurrió antes, vale la pena destacar una de las cosas bien hechas de las últimas décadas. Historia Hoy fue un imaginativo proyecto del Ministerio de Educación para recordar el Bicentenario, que puso a estudiantes y maestros a pensar con seriedad y a plantearse preguntas, que no trató de contar un cuento sino de discutir el pasado del país, que hay que volver a inventar a cada instante a partir de la investigación y del debate de diferentes perspectivas. Documentos, relatos, intervenciones de niños y maestros, proyectos de los colegios, pueden verse (con algunas restricciones absurdas) en “Colombiaaprende”, la página del Ministerio, en un ejemplo de imaginación pedagógica, de los que tanta falta hacen ahora que se habla y habla de mejorar la calidad de la educación.

Ojalá no le pase a Historia Hoy lo de la útil e instructiva página de la Consejería Presidencial del Bicentenario, que ya no puede consultarse, pues fue borrada de Internet, víctima del olvido, el mismo mal contra el que estaba luchando.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 14 de abril de 2011

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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