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El patio de mi casa
 

Viví mis primeros años en Villa Hermosa, un barrio de Medellín en la famosa comuna nororiental, en una casa que se hacía paso a paso, y que tenía un patio amplio donde mi madre, mucho más emprendedora de lo que yo resulté, sembraba y cosechaba repollos, lechugas, fríjoles, calabazas y hasta estropajos, para que le alcanzara el sueldo del marido, un maestro oficial. Vinieron más hijos, y hubo que hacer piezas y piezas que acabaron con la huerta casera. Los letreros en la ventana mostraron los cambios empresariales de mi mamá: "se venden cremas y helados", "se hacen ojales y se forran botones", junto con la venta de leche y hasta del periódico local. Después montó una empresita para hacer uniformes de colegios, que trabajaba febrilmente dos o tres meses al año y descansaba el resto del año. Pero nunca abandonó la tierra y cuando mi papá se retiró, compraron una finquita y se fueron allá. De media cuadra sacaba bultos y bultos de frutas y verduras, un encarte que repartía cada semana entre sus hijos.

Como mientras más se rebela uno más parecido termina a los padres, ahora mi mujer y yo cultivamos, en un balcón, cidrón, albahaca, salvia, menta y yerbabuena, y ayudamos a la portera a cultivar en el antejardín, con rosas y dalias inmensas, toronjil, romero, mejorana y limonaria, y sacarle frutos a tres lulos, dos papayuelos y dos gulupas. La feijoa y la granadilla, que añoran tal vez aires más tibios, apenas dan unas muestras que no alcanzan a madurar.

Hay ciudades que han acomodado productivamente esta añoranza rural. En Inglaterra, los pobres que perdieron su tierra en el siglo XVI recibieron a veces, en compensación, lotecitos urbanos donde podían cultivar algo: comenzó así una tradición que dura hasta hoy, cuando hay unos 350.000 lotes urbanos que producen alimentos, y que tuvo su gloria en la segunda guerra mundial, cuando cosechaban el 50 por ciento de las verduras y frutas consumidos por el país. Aunque decayeron después, motivos educativos y ecológicos y el afán de comidas frescas y variadas los han reanimado, como ha pasado en Estados Unidos: atraen horticultores aficionados y ecológicos, interesados en variedades poco comunes y en sabores distintos. Su productividad es inmensa: todos los lotes ingleses cabrían en dos o tres fincas de nuestra costa, pero su producción vale más de 120.000 millones de pesos al año.

La idea de usar espacios urbanos para sembrar no es usual en Colombia. En Medellín, las autoridades evitaron por décadas plantar frutales, por miedo de los niños que se subían a los árboles y se comían las frutas, hasta que Jorge Molina, un empresario generoso, dedicó su retiro a llenar antejardines y parques de mangos y otras frutas.

En Bogotá, la Alcaldía tiene un proyecto de agricultura urbana, pero la tierra cultivada debe ser poca: el documento de política sobre el tema se mantiene en la metafísica social y no menciona áreas, productos o costos. En Usaquén hay unos cuatro mil metros y algo en Ciudad Bolívar y otros sitios. Con los lotes de las escuelas (que deberían ser prioritarios) es dudoso que haya 20 hectáreas sembradas.

Pero la idea es buena, más por motivos culturales y ecológicos que económicos, para que niños y adultos vean crecer las plantas, conozcan las frutas y verduras locales y tengan una relación distinta con la comida y el ambiente. Mucho parque podría llenarse de frutales y de jardines con aromáticas y medicinales, en los antejardines podrían crecer curubas, con sus hermosas flores colgantes, papayuelos, duraznos y ciruelos productivos. Y algunos parques públicos pueden tolerar un área con cultivos, dada a asociaciones de viejos y jubilados. Quizás así se comiencen a cambiar por algo más natural esos parques artificiales y geométricos en los que solo hay prados, árboles podados como colombinas y flores en filitas.

 

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 7 de enero de 2010

 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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