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Paz rápida y agonía de la lucha armada
 

Desde hace veinte años he criticado las negociaciones de paz con las FARC, de Tlaxcala al Caguán. Me parecía que dejaban en segundo plano dos puntos centrales: que la guerrilla veía las conversaciones de paz como parte de su estrategia de guerra, pues creía en las posibilidades de triunfo de su proyecto militar, y que aceptaban lo inaceptable: que pudieran discutirse temas sustanciales del modelo político, social o económico del país con un grupo armado, como si tuviera una representación legítima del pueblo colombiano. En una democracia, por defectuosa que sea, el derecho a hablar por los ciudadanos sólo se logra mediante las elecciones.

Por eso, para que una negociación fuera viable, era preciso que las FARC abandonaran su proyecto armado y que aceptaran que este había fracasado. La negociación, desde el punto de vista del Estado, tenía que ir de la mano de una acción militar vigorosa y exitosa. La guerrilla había sido derrotada políticamente, sobre todo por la Constitución de 1991, que la dejó sin apoyo ciudadano, pero necesitaba una derrota militar para negociar en serio.

Esa derrota está clara: ya en 2004 Eduardo Pizarro la proclamó en su libro La Democracia Asediada, en el que expresó su confianza de que en poco tiempo tendríamos la paz. El fin inmediato de la guerrilla fue anunciado varias veces desde entonces, y ahora, con la muerte de sus principales dirigentes, está todavía más cerca.

Pero si era válido argumentar que para negociar con la guerrilla era necesario que esta se sintiera derrotada, vale la pena preguntarse hoy, aunque esto sea tan impopular como oponerse a la paz en 2001, si se puede pensar en algún modelo de negociación que permita que la agonía de las FARC, con sus miles de guerrilleros, no se prolongue durante uno o dos lustros. Muchos dirán lo obvio: si están derrotados, ya no vale la pena negociar: lo que hay que hacer es seguir aplicando la estrategia militar que ha dado buenos frutos.

Es probable que esto no tenga muchas bases, pero es difícil que no haya entre los dirigentes guerrilleros algunos que crean que es mejor negociar las condiciones de una reinserción a la democracia a seguir en una guerra sin futuro. Los periódicos han contado estos días como el Mono Jojoy, en lo que puede verse como una patética esquizofrenia, dedicaba buena parte de su tiempo a dar conferencias ideológicas y políticas a su gente. Pero esto indica que todavía para muchos su proyecto no es sólo militar o económico, y que los sueños políticos mueren difícilmente.  Y si hay en la guerrilla quienes piensen en la política y en el país, puede existir algún campo para negociar.

Por supuesto, las reglas mínimas son claras: debe ser una negociación para acabar la guerra, centrada en las condiciones para la reinserción y la participación democrática, las responsabilidades penales de los guerrilleros, el trato que se dará a quienes  no sean responsables de crímenes de lesa humanidad, la reparación de las víctimas. Y exige un compromiso previo de la guerrilla de renuncia a las acciones contra la población civil, como el secuestro y el uso de minas.  La opinión pública y el gobierno, respetuoso de los derechos humanos, pueden presionar aún con más fuerza a la guerrilla para que, mientras esté en guerra, acate las normas del derecho internacional humanitario, y para que tome pronto la decisión que el país espera: el abandono de la lucha armada.

Hay razones para buscar, sin debilitar la acción militar, un camino negociado: las inmensas ventajas, en términos de vidas humanas, de sufrimiento, de una paz rápida, en dos o tres años, sobre una agonía larga y destructiva. Y en términos de avance político, económico y social: es difícil imaginarse la energía y creatividad de Colombia cuando se cierre este ciclo de zozobra y tragedia, después de 60 años de promesas y esperanzas frustradas.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 30 de septiembre de 2010

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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