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Paz Boyacense
 

Acaban de publicarse los datos sobre homicidios en el 2013, y no es fácil saber si subieron o bajaron. Las cuentas de la Policía dan 15.187, contra 14.990 del 2012, lo que indica un leve aumento. Pero, según Medicina Legal, hubo una caída. Las divergencias muestran cómo el país sigue sin manejar bien los datos sobre sus grandes problemas, que se usan para lograr impacto en la opinión y no para definir políticas eficaces: el Gobierno destaca las cifras que le convienen, mientras que la oposición trina de emoción con las que sugieren fracasos oficiales.

Hace años hice un artículo, publicado en Razón Pública, en el que calculaba los homicidios cometidos en Colombia desde comienzos de la violencia. Con los datos recientes, se puede concluir que entre 1947 y el 2013 el total de colombianos muertos a manos de otro colombiano es de casi 970.000. Como vamos, en cuatro años pasaremos del millón de víctimas de homicidio, algo espantoso.

Y aunque lo usual es creer que la peor época fue la de la ‘Violencia’, de 1947 a 1957, cuando murieron unas 165.000 personas, lo más duro fue entre 1985 y el 2002: en esos 18 años murieron 350.000.

Las fases de esta historia son claras: la violencia clásica de 1947 a 1957, la paz relativa del Frente Nacional (menos de 30 homicidios anuales por 100.000 habitantes entre 1958 y 1979), el rápido crecimiento de 1985 a 1992, época de guerra total a los carteles y de negociaciones de paz; la disminución de 1992 a 1996 (en parte por el acuerdo con el M-19 y la negociación implícita con los carteles que llevó a la entrega de Escobar), la disparada de 1996 al 2002 (60 homicidios anuales por 100.000) estimulada por la reacción paramilitar a la negociación del Caguán, y la disminución, muy rápida entre el 2002 y el 2006, por el acuerdo con los paramilitares y un Ejército más eficiente, y más lenta desde el 2007, pero que está acercando al país a las tasas del Frente Nacional: el año pasado hubo 32 homicidios por 100.000 personas, como en 1984, cuando se desataron los demonios.

A pesar de incongruencias menores, los datos de la Policía, municipio por municipio, permiten hacer análisis serios de lo que está pasando, además de comprobaciones curiosas: mientras Tumaco, Quibdó, Cali, Cartago y Buga están mal, y el noreste de Antioquia se agrava cada día, ¿quién hubiera creído que Boyacá, con su historia de violencia en 1932 y 1947, de chulavitas y esmeralderos, iba a volverse tan pacífico? El año pasado tuvo 72 municipios sin un solo muerto, y en 50 no hubo ninguno en dos años.

Un artículo de M. V Llorente y G. Escobedo, también en Razón Pública, muestra cómo esta información sirve para identificar tendencias y puntos críticos y para formular políticas serias. Apoyado en sus datos y su ejemplo, veo que la mitad de los homicidios ocurre en 24 municipios, y que hay unos 89 más que están a la vez entre los 200 con la tasa más alta y los 200 con el número mayor de homicidios. En estos 113 municipios están las dos terceras partes de los muertos, y parecería lógico concentrar los esfuerzos en ellos y medir resultados por lo que pase en ellos. Darles más policías, fiscales y jueces, y dotarlos de herramientas tecnológicas, de sistemas de vigilancia epidemiológica de violencia que permitan a sus autoridades prever cuáles son los sitios, tiempos y circunstancias de los homicidios, para tratar de evitarlos.

Colombia tiene hoy una gran oportunidad. Si se logra que la guerrilla abandone las armas y al mismo tiempo se diseña una política contra el homicidio que use bien la riqueza de información existente, que se apoye en datos precisos y bien analizados, podemos aspirar a que el país llegue al menos a ser como ese remanso de paz en el que se convirtió Boyacá.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 30 de enero de 2014

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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