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La perversión de la perfección
 

Desde hace miles de años los hombres sueñan con sociedades justas y sin conflictos. Inventaron una edad de oro perdida o imaginaron países como la Utopía, de Tomas Moro, o la Ciudad de Dios, de Campanella, donde seríamos iguales y felices y los problemas estarían resueltos para siempre. En el siglo XIX, por los desastres de la revolución industrial, con riqueza y trabajo infantil, progreso y miseria, los defensores de obreros y pobres creyeron en un mundo perfecto, sin Estado, pobreza ni explotación. El intento de realizar este sueño creó el régimen más violento y opresivo de la historia. El comunismo llevó a la muerte de 60 a 100 millones de personas, a nombre de la justicia, el futuro y los derechos de todos.

En las democracias, por suerte, la perfección es imposible: se busca que diferentes propuestas coexistan, transen, se cumplan a medias. Pero el afán de soluciones mágicas surge sin cesar. La tradición revolucionaria hizo que en Colombia se condenara todo avance parcial. La reforma agraria impulsada por Carlos Lleras Restrepo se rechazó porque si la condición de los campesinos mejoraba algo, perderían interés en la revolución: lo bueno era enemigo de lo óptimo, y mientras peor estuviéramos sería mejor: los cambios graduales eran enemigos de la gran solución. Pero no solo la izquierda invocaba la perfección: los que no querían tocar la propiedad se oponían a dar tierra a los campesinos, pues si no les daban también crédito, capacitación, crédito, mercadeo, salud, etc., la tierra no iba a resolver todos sus problemas. Y como lograr tanto era imposible, mejor dejar las cosas como estaban. Muchas reformas razonables se frustraron porque no resolvían todo, o porque se decía que para arreglar algo era necesario arreglar antes todo lo demás.

En menor escala, esta lógica domina la discusión de temas como la congestión en Bogotá. La desesperación lleva a la gente a soñar: el metro es lo que necesitamos, dicen unos, y esta ilusión hizo elegir de Alcalde al candidato menos apto; otros piensan que promover el transporte público no vale la pena mientras no tengamos buena infraestructura. Cada propuesta sirve de argumento para mostrar que las demás son incompletas y "eso no resuelven todo el problema". El rechazo a soluciones parciales parece caracterizar la marcha real de la ineficiente administración pública bogotana, aunque planes y funcionarios sensatos reconozcan la necesidad de responder gradualmente y poco a poco a distintos aspectos del problema.

En efecto, la congestión no tiene una sola causa, sino muchas: el número de carros privados crece rápidamente, las vías son insuficientes y están bloqueadas por huecos o carros parqueados, taxis y buses vacíos congestionan las vías a ciertas horas, no hay suficientes parqueaderos, todos se estorban mutuamente por no respetar las reglas de tráfico y los buses son un caos.

Y si es así, lo que falta son muchas respuestas parciales, aplicadas al mismo tiempo, después de evaluar sus costos y su posible impacto. Actuar en todos los frentes, con mañita y sin radicalizar medidas, para que no sean contraproducentes: desestimular el carro privado con impuestos y restricciones en ciertas zonas, educar la gente, promover y regular las motos, mejorar la lógica del pico y placa, para que no haga comprar más carros, arreglar los huequitos antes de que requieran arreglo integral, aumentar el número de taxis para que no sea preciso tener más y más carros (la ciudad tiene 1,4 millones de carros particulares y 50.000 taxis, pero con toda ilógica prohíbe que haya más taxis y no frena el crecimiento de los particulares). Y mirar otra vez, con seriedad, el sistema integral de transporte masivo, el metro y Transmilenio, para dejar de improvisar y enfrentar los problemas paso a paso, pero en serio.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 31 de marzo de 2011

 

 

 

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