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La Radio Nacional y la telegrafía
 
 

En 1929, hace 80 años, el Gobierno creó la primera emisora de Bogotá: la HJN, que se inauguró con música de Pedro Morales Pino. Daniel Samper fue su director en 1932 y 1933, y al dirigir la Biblioteca Nacional se la llevó para allá en 1934: los dirigentes de la naciente República liberal creían que la radio y el cine eran buenas herramientas para que la población analfabeta, pobre y explotada del campo mejorara sus condiciones de vida, conociera cosas nuevas y se emancipara de la dictadura cultural a la que la sometía la ignorancia.

Tras muchos éxitos y algunos tropiezos, la emisora se convirtió en la Radio Nacional, inaugurada en 1940 por el presidente Eduardo Santos. Cuando se revisan los programas que transmitió entre ese año y el fin de los 60, cuando la televisión comenzó a reducir su impacto, se descubre una calidad inverosímil: festivales de música popular, la música clásica como algo que podía disfrutarse fuera de las pocas ciudades con piano y banda sinfónica, y un teatro excepcional. Incluso, cuando el país se sometía a proyectos culturales restrictivos, como en los 50, años de dictaduras e hispanismo, la Radio Nacional, dirigida por gente culta, amplia e inteligente, siguió mostrando una creatividad inesperada: las obras de Albert Camus, Arthur Miller o Tennessee Williams, recién estrenadas en Nueva York o París, o las de Shakespeare, Sófocles y Molière, se oían por la Radio Nacional en montajes complejos, con los mejores actores del país.

La televisión, la aparición de otras emisoras culturales (privadas y universitarias) y decisiones dudosas explican la relativa decadencia de la Radio Nacional. Pero en los últimos años, después de una brusca reorganización, se recuperó inesperadamente, mediante una frecuencia con música juvenil, Radiónica, y una programación dinámica y atractiva, que hacía tolerable el tiempo dedicado a los inevitables actos oficiales.

Hizo además algo magistral: digitalizó sus archivos sonoros, protegiendo y haciendo útil un patrimonio histórico y cultural de valor incalculable. De 1930 a 1960, la historia del país es en gran parte la de la radio, y fuera de los archivos de la HJCK y la Radio Nacional todo parece perdido. Se borraron, como huellas en la arena, las radionovelas que crearon la imagen de Colombia como país, como El ángel de la calle, Lejos del nido y las que mostraron por primera vez a la Guajira y a los wayús: Tanané y Tangaré, el hijo de Tanané, del santandereano Luis Serrano Reyes, que dieron a conocer las regiones y la diversidad nacional mucho antes que las telenovelas, a las que a veces se atribuye esto.

Hace poco comenzó a publicar discos con los cuentos de Tomás Carrasquilla, Don Quijote, en el montaje brillante de Santiago García; la Historia de la música, de Otto de Greiff, y un homenaje a un proyecto aún más utópico, esa locura colombiana que fue la Radio Sutatenza. Ahora puede uno soñar que esto llegará, junto con el maravilloso teatro, a todas las escuelas del país.

He leído que el director de la Radio Nacional, Gabriel Gómez, se retira después de cinco años de excelente gestión. Espero que no sea cierto, y si es verdad, que lo reemplace alguien que sepa. Que no pase como en el Archivo General de la Nación, donde una directora competente tuvo que retirarse para que la reemplazara alguien sin experiencia en el tema, con una hoja de vida que hace recordar el ácido dicho de Estanislao Zuleta, cuando los telegramas eran en código Morse: en este país uno puede aceptar cualquier empleo público en que lo nombren, menos el de telegrafista, porque ese es el único en que hay que saber algo para posesionarse. Ahora que dicen que basta cumplir unas condiciones legales mínimas para ser Fiscal, aunque uno no sepa nada del tema, el riesgo de que se generalice la teoría de Zuleta es preocupante.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 24 de diciembre de 2009

 

 

 

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