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¿Raza antioqueña?
 

Desde fines del siglo XVIII cierto contraste entre el aire sencillo de los antioqueños y su capacidad económica hizo que los vieran al mismo tiempo con admiración y recelo. En Bogotá, a mediados del siglo XIX, se hablaba mal de los ‘judíos’ antioqueños y a fines del XIX el centralismo bogotano veía con desconfianza el federalismo paisa. Los antioqueños convirtieron los dos lados en razón de orgullo: se definieron como trabajadores, hombres de familia, solidarios, respetuosos de la ley, honrados y triunfadores, y como bebedores, jugadores, malhablados, burdos, violentos, pleitistas y listos a hacer plata como fuera.

En 1914, el cuento Que pase el aserrador contrastó a un pícaro y mentiroso antioqueño, que termina con plata, con un boyacense sincero que termina mal. La novena del Señor de los Milagros de San Pedro contaba de un campesino que ofreció una ofrenda si se salvaba su cosecha de la langosta, y el Señor lo oyó y no solo protegió su cosecha, sino que, como se destruyó la de los demás, “pudo vender su maíz a muy buen precio”: las oraciones, como en la Virgen de los sicarios, logran el bien propio a costa de los demás.

Estas ideas, en el ambiente seudocientífico del siglo XIX, crearon una ilusión duradera. Mariano del Campo escribió en 1803 que la conquista antioqueña había sido hecha con 50 ‘egipcios’ (gipsy) o gitanos, y que eso explicaba los rasgos antioqueños. Muchos, con esta base, afirmaron que los paisas eran judíos. Los antioqueños blancos, apegados a pergaminos de familia (a pesar de que vienen todos de las indias locales, pues los españoles no trajeron mujeres), contestaron con el mito de la raza antioqueña.

Entre 1880 y 1930 se afirma la idea de que los antioqueños son una “raza superior”, distinta a la del resto del país. A pesar de que la población era mezclada, con blancos, negros, mulatos y mestizos, muchos escritores exaltaron esta ‘raza’, predestinada para dominar a Colombia. Apoyados en el nuevo auge económico regional de 1890 a 1940 (café, oro e industria), respondieron a la desconfianza ajena diciendo que eran mejores. Ya hacia 1920 un escritor decía que Medellín tenía la catedral más grande y el teatro más hermoso de América Latina, el ascensor más rápido, el mejor café del mundo. Hoy, en Wikipedia, vemos que nuestro orgullo crece, y que la Universidad de Antioquia tiene más páginas que la de Oxford, Medellín que Nueva York o Álvaro Uribe que Charles de Gaulle.

Por supuesto, hoy sabemos que las calidades morales, la inteligencia, la capacidad de trabajo de una sociedad dependen de su historia, de sus experiencias, de la vida y la educación y no de los genes. Desde el punto de vista de la raza, todos somos, en esos aspectos, iguales, demasiado iguales. Hablar de raza antioqueña, del origen español o vasco, reitera la vieja mentira de que esos ancestros son genéticamente mejores que los de África o los de América.

Por esto es tan oportuna la exposición del Museo de Antioquia, ‘Antioquias’, que trata de hacer pensar en la diversidad de nuestra gente y en la capacidad de mentirnos, por vanidad o inseguridad. Desde hace mucho (y sobre todo desde que nos convertimos en los mayores proveedores de coca), queremos que los extranjeros nos confirmen que sí, que somos buenos, que a pesar de Pablo Escobar (que en la exposición sirve para parodiar un símbolo local de la ‘raza’) o de Carlos Castaño, a pesar de que en las cuatro últimas décadas Antioquia ha sido la región más violenta del país, somos los mejores. Y realmente, esa mirada tranquila y crítica promovida por la exposición, una que pueda ver sin complejos lo que tenemos de bueno y de malo, y trate de encontrar las causas, es la que nos hace más falta.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 15 de Agosto de 2013

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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