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Razón y pasión electoral
 

La situación de la administración de Bogotá no podía ser más difícil. No tengo elementos para evaluar directamente las recientes acusaciones de corrupción, pero confío en la seriedad del concejal Carlos Vicente de Roux, quien se ha destacado precisamente por el cuidado y la prudencia en sus juicios. La vaguedad de las respuestas del Alcalde sólo aumentó la desconfianza.

De todos modos, con independencia de la posible corrupción, la marcha de Bogotá ha sido decepcionante. La reducción de la violencia y la inseguridad se estancó, y este año habrá más homicidios que en el 2007. Después de los notables progresos que tuvo la ciudad en las dos últimas décadas -respeto del espacio público, descongestión y mejoras en el tráfico urbano, soluciones serias de transporte público, cultura ciudadana, límites a la conversión de vías públicas en parqueaderos de carros, atención a desplazados e indigentes, grandes avances en educación- entró en un período de franco deterioro. La sensación es que, a pesar de que hay algunos funcionarios eficientes, no logran resultados en medio de un ambiente de clientelismo generalizado, de decisiones improvisadas y cambiantes y de una débil gestión. Los contratos pueden ser limpios, pero son innecesarios, descuidados, sin suficiente base técnica, sin definición adecuada de prioridades y conducen a derroches o catástrofes. La abundancia relativa de recursos del Distrito hace menos visible, pero no esconde del todo, la ineficiencia en la asignación de recursos ni el desorden y el caos en los detalles.

En todo caso, si los bogotanos no viven hoy en una ciudad mejor, deben culparse a sí mismos. Estos son los costos de la democracia, en una ciudad donde los votantes son independientes y educados -las dos terceras partes son bachilleres y uno de cada tres pasó por la universidad- y no hay casi coacción o compra de votos. Los electores escogieron conscientemente al Alcalde actual y prefirieron a alguien simpático, sin experiencia, que agitaba espejitos de cristal y hacía promesas, y no al candidato severo y algo remoto que sólo podía mostrar un programa serio, haber administrado la ciudad sin clientelismo ni politiquería y haber sido un alcalde excelente.

Esto muestra es que la democracia tiene sus riesgos, pero no hay mecanismo mejor para elegir gobernantes. Muchos creen que la educación hace menos erráticas las elecciones, pero es dudoso que la que se recibe en Colombia, que no prepara para el análisis racional y la argumentación independiente y basada en hechos, logre contrarrestar un sistema de medios que valora ante todo los atractivos personales de los candidatos. Hoy no se vota por programas y capacidades, sino por sonrisas y gestos y ante todo por la habilidad para prometer en forma creíble pajaritos de oro.

Nada más apropiado que el lema nacional: "Colombia es pasión".  En efecto, somos un país en el que buena parte de la población no discute hechos y argumentos, fríos y racionales, porque prefiere hablar de las personas y sus rasgos individuales, de lo valientes o antipáticos o frenteros que son. En el que no se contesta lo que se pregunta sino que se desvía la atención a intenciones malvadas o conspiraciones. En el que aburren las soluciones graduales y eficaces, como TransMilenio, porque siempre se puede decir que "eso no resuelve todo el problema" o plantear algo totalmente irrelevante. Colombia es pasión y no razón, y Bogotá también, y seguramente escogerá, el año próximo, si se presenta la oportunidad, un alcalde sin experiencia en temas urbanos, pero peleador e intolerante, capaz de ganar la guerra, pero también de destruir lo que queda del sistema institucional, de los balances y contrapesos que impiden la arbitrariedad y el autoritarismo en nuestra ciudad. Preparémonos para otros cuatro años de pasión.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 28 de octubre de 2010

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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