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Regalar libros
 

Cuando tenía 7 años, mi papá me mandó al cumpleaños de un amigo con un libro de regalo: era una obra que él adoraba, que buscó con esfuerzo en las librerías y me empacó con cuidado. Creo que pocas veces tuve más pena: pensé que mi amigo se iba a burlar de mí. No lo hizo, pero su agradecimiento, cortés y hasta efusivo, me sonó falso: ¿cómo podía estar contento con un libro, cuando podía haberle llevado un balón? Alguien me cuenta que, a los 6 años, en su cumpleaños, le regalaron una colección de libros y que nunca estuvo tan brava con su mamá. Después se encarretó con los libros, se arrepintió de haberla hecho sentir mal y todavía guarda ese regalo infantil.

Los niños que llevan libros de regalo a los amigos sospechan casi siempre que los van a decepcionar, pues esperan patines, pelotas y juguetes. La propaganda de Póker de estos días, en la que alguien recibe frustrado lo que parece un libro, se apoya en esta experiencia, que es real. Acaba burlándose, más que del libro, del esfuerzo de padres y educadores por entronizarlo, convertirlo en objeto de culto, en un dios de papel que hay que reverenciar. Un objeto tan especial que no hace parte de la vida diaria, como la sopa o la cerveza, sino de la vida de los elegidos que tuvieron la revelación.

Esa visión es parte de nuestra cultura letrada, que ha visto el libro como señal de superioridad social y cultural, como signo de estatus, forma de distinción con los incultos y los analfabetos. Para mucha gente, el libro y la lectura son decoraciones, elementos de simulación: hay que tener bibliotecas, aunque no se lean y se compren por metros. Hay que hacer leer los clásicos a los niños, aunque no los disfruten, y llenarlos de teorías literarias para que “desarrollen las competencias” que les permitan identificar los paratextos, el discurso o los elementos diegéticos del relato.

A pesar de tanta devoción al libro, en Colombia no se leen muchos. Se gasta poco en ellos, pues dizque son muy caros. Sin embargo, en promedio, por cada libro que se compra en Colombia, se venden ocho botellas de aguardiente. Y, según la orgullosa afirmación de Bavaria, cada adulto se bebe al año casi 200 cervezas, que contrastan con los dos libros que lee. Después de medio siglo en el que en la mayoría de los parques de los pueblos se hicieron quioscos para las parrandas de los domingos, como “contribución de Bavaria a la cultura”, según las placas que hay en casi todos ellos, no es raro que se pueda relacionar la cerveza con la cultura y el libro con un culto posudo, encabezado por sacerdotes aburridos.

Por supuesto, es bueno que la gente lea más y que el Gobierno promueva la lectura, tanto la que es divertida y fresca como la que informa y enseña. Ojalá mucha gente regale libros o goce cuando los reciba. Hacer buenas bibliotecas, repartir millones de libros, como se hace en ‘Leer es mi cuento’, ayuda. Pero, para ser franco, no me molestó la propaganda de Póker, que refleja algo real, y no esperaba una nueva “contribución a la cultura” de Bavaria. Me parece desproporcionada la indignación de tanto comentarista. Y espero que no lleve a nuevas normas, regulaciones y esfuerzos para reprimir el pensamiento incorrecto.

Pero, para que la lectura se vuelva un hábito, una actividad de la vida diaria, hay que darle importancia, tomarla en serio, apoyarla, pero no hay que volver al libro un elemento de un ritual religioso, ni una marca de estatus o un objeto de nostalgia romántica.

En las novelas, los personajes elegantes, antes de leer, se preparan un vaso de whisky and soda o un gin and tonic. No me chocaría que en las bibliotecas los grandes pudieran tomarse una cerveza, por plebeyo que parezca, mientras leen una novela.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 13 de marzo de 2014

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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