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Se acabaron los lectores
 

Los centenares de librerías Borders, una de las dos cadenas que sobrevivían en USA, están cerrando y liquidando existencias. Al entrar a la de Columbus Circle, en Nueva York, un letrero ambiguo da un posible diagnóstico de la causa de la muerte: "Se acabaron los lectores" ("Readers are out"). Pero me doy cuenta de que, aunque la autopsia sea correcta, el letrero habla de otra cosa: los últimos clientes agotaron primero los aparaticos para leer libros electrónicos, confiando en que en estas maquinitas sobrevivirán los libros que ya no compran.

Desde el punto de vista de los compradores de libros, el paisaje de Nueva York ha cambiado mucho en las últimas décadas. Hace treinta o cuarenta años, uno podía recorrer durante horas las librerías de la Quinta Avenida -Barnes, Doubleday y Scribner's, en su edificio maravilloso, que se convirtió en Brentano's, antes de que, siguiendo a la letra un chiste del New Yorker, se volviera una perfumería-.

Ahora quedan las grandes librerías de Barnes and Noble, de cinco o seis pisos, con sus cafés. Las que están en las grandes avenidas, con su espacio comercial caro, seguramente morirán pronto, reemplazadas por almacenes de zapatos y corbatas.

Hoy, Nueva York, aunque haya crisis, está llena de gente que viene ante todo a comprar ropa, a acumular bolsas de Zara o Louis Vuitton: ya no hay que venir aquí para ver ópera, teatro o comedias musicales, que se reparten por todo el mundo mediante las nuevas tecnologías. Y aunque tampoco habría que viajar a Nueva York para comprar ropa de China o Tailandia, los turistas de España o Colombia parecen tener aún la ilusión de encontrar en sus almacenes la prenda soñada que no está en la tienda de su ciudad.

Sobreviven, sin embargo, las librerías especializadas y en sitios menos recorridos: la de libros de viajeros, donde siempre hay un nuevo libro de comienzos del siglo XX sobre las sorpresas de Bogotá; las de cómics o libros infantiles (aunque desapareció la mejor de todas, Eeyore), las tres de ajedrez, las que solo tienen libros de cocina, de modas o fotografía. Y las fabulosas librerías de segunda: el Strand, que antes tenía 12 kilómetros de libros y ahora dice que tiene 25, o Argosy, cinco pisos de libros y mapas que parecen escogidos uno por uno, sin nada de basura.

Las librerías, como los teatros o las salas de concierto, se están convirtiendo en sitios para gomosos, lugares exóticos que compiten con la eficiencia de Amazon o de Abebooks, donde se pueden comprar todos los libros del mundo (de habla inglesa, por supuesto) desde casa, sin perder tiempo. ¿Para qué salir, si se pueden descargar libros y películas, si iTunes tiene todas las canciones, si en Facebook están todos los amigos y en Twitter todos los comentarios ingeniosos?

¿Y para qué leer, si todo lo que uno necesita saber lo va a encontrar en Google o en la Wikipaste? El cierre de Borders es una señal más de un cambio cultural en marcha. Las tecnologías son accesorias: se puede leer en el computador o en el teléfono móvil, pero lo que está cambiando es otra cosa, el sentido del tiempo y la lectura. Ahora leer es importante sobre todo para comprar, para revisar especificaciones de algo, para ver propaganda, para enterarse del precio de las acciones, el resultado del partido de fútbol o la elección presidencial. La lectura lenta, calmada, crítica, la lectura de placer, literaria o reflexiva, gasta demasiado tiempo y no tiene los atractivos de la imagen, del cine o la televisión.

Estos días, al entrar a una inmensa y rica biblioteca infantil, como las que hay en cada pueblo de los Estados Unidos, llevando de la mano a una ilusionada niña de 4 años, oí su angustiada sorpresa: "¿Esta es la biblioteca de los niños? ¡Pero si no hay niños!". Parece que también se les habían acabado los lectores.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 1 septiembre de 2011

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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