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Talentos naturales y música
 

Cuando estaba chiquito descubrí, desolado, que no podía cantar bien. Mientras mis primos tenían excelente oído, yo desafinaba, en los coros o los cumpleaños. Llegué a tener pesadillas en las que debía cantar para que el mundo no se acabara, y en el momento preciso yo desentonaba, todo se desbarataba por mi culpa y despertaba sudando y muerto de la angustia. Acabé acusando confusamente a mis papás: no me habían dado el ambiente apropiado y dejaron pasar el momento en el que habría podido aprender a cantar.

Esto hizo que me interesara por el origen de la capacidad musical. En esos años se pensaba que era cosa genética: los niños nacían con oído musical o sin él, tenían oído absoluto o no, porque lo recibían en sus cromosomas. El ejemplo de familias de grandes músicos (Bach o, en la parroquia medellinense, los Vieco), que a los 3 o 4 años eran capaces de tocar o componer músicas muy complejas, parecía demostrarlo. Después empezó a saberse que la práctica en los primeros años es esencial, y casi todos los expertos llegaron a una conclusión intermedia: los niños dotados musicalmente nacen así, pero necesitan entrenamiento, ejercicio temprano, para no perder esa habilidad.

Unos investigadores de California acaban de demostrar, como yo lo sospechaba, que todos los seres humanos pueden ser buenos músicos. Así como vienen al mundo con un cerebro capaz de aprender muy bien, antes de los 2 o 3 años, el idioma más difícil, todos nacen con la posibilidad de desarrollar un oído musical perfecto, y el momento crucial para lograrlo está en los primeros meses. De allí para adelante, lo que se haga es importante para consolidar esa habilidad, pero, así como se pierde la capacidad de aprender un segundo idioma sin acento, se va perdiendo la de lograr un oído impecable.

La prueba es ingeniosa: descubrieron que todos los niños chinos o vietnamitas pueden identificar una nota en forma perfecta: al oírla, saben si lo que tocó el piano es un do o un re. En los países de Europa o América, menos del 1 por ciento de los niños tienen esa misteriosa habilidad. Pero los orientales solo la tienen si han crecido hablando su idioma maternal. Si, como inmigrantes, no aprendieron ese idioma, solo tienen esa capacidad unos pocos, la misma proporción que en la población de los Estados Unidos.

La razón es clara: todos los cerebros traen las neuronas para hacerlo, pero necesitan que la práctica establezca los circuitos adecuados en un lapso breve, el mismo que se emplea para aprender a hablar: de los 6 meses a los 2 años. Después, ya no es posible hacerlo fácilmente. Si la madre canta todos los días al bebé, le hace oír música apropiada, incluso cuando está en el útero, el niño desarrolla esa habilidad. O si los padres son chinos: en este idioma, tonal, la misma palabra, "ma", por ejemplo, es mamá o un regaño, caballo o cannabis, pero se canta en forma diferente, en tonos distintos. Para el niño es crucial distinguir entre el regaño y la mamá. ¡Si mamá y marihuana se diferenciaran en español solo por el tono, los colombianos tendríamos oído absoluto!

Mi pesadilla ahora es que miles de chinos tocan en sus pianos, al tiempo, la misma pieza. No sería raro: 100 millones de niños aprenden hoy piano y violín en China, y hay más estudiantes de música clásica que en el resto del mundo. Con esas habilidades y la disciplina y los métodos que han hecho que los chinos hayan resultado, en las pruebas internacionales, con la mejor educación del mundo, todo puede suceder.

Entre nosotros, la música no está muy presente en la vida del infante, cuando todavía no habla, y en la primaria es una costura, una entretención decorativa. Y todo indica que, en vez de tanto aprendizaje inútil, debería ser, con la lectura y las matemáticas, la principal asignatura.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 3 de marzo de 2011

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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