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Tinto y subsidios
 

Cada vez es mayor la tendencia a pedir al Estado que resuelva, con los recursos de todos, los problemas de algunos gremios y grupos sociales. Los mismos que esperan recibir subsidios y donaciones presionan para ello, en forma callada cuando tienen el poder de lograrlo sin mucho ruido, o con paros y actos de provocación o violencia contra todos, cuando se sienten débiles. En el gobierno anterior, los grandes exportadores agrícolas, que estaban perdiendo algo de sus ganancias por la devaluación del dólar, lograron que con los impuestos que pagan todos los ciudadanos les regalaran con qué compensar lo que estaban dejando de ganar. En este, los cafeteros se han lanzado a un paro para pedir que el Gobierno los apoye aún más ahora, cuando el café esta cogiendo un sabor amargo.

Esta tendencia a pedir que todos paguen lo que sirve a algunos puede extenderse. La baja del dólar y la recesión mundial harán llorar a los industriales, y dentro de poco nos pedirán que les demos con qué mantener sus ganancias, así como a los ganaderos o a los criadores de pollo, y hasta los estudiantes de las universidades privadas piden, por lo que oigo, que sus deudas con el Icetex se las paguen los demás.


Estas peticiones se pueden hacer con menos reticencia si se parte de una ficción cada día más metida en la cabeza de los colombianos: que las ayudas a los particulares, los auxilios, los subsidios, las donaciones, no las pagan los contribuyentes, hasta los desempleados que compran un vestido o un mueble, sino "el Gobierno".

Si los cafeteros tuvieran que decir: queremos que todos los colombianos que no siembran café nos paguen con sus impuestos un suplemento para que ganemos algo más, lo dudarían. Pero la ficción es aceptada y viene con otras: que estos subsidios existen por la generosidad de los políticos, o se niegan por la insensibilidad y maldad de algunos. El círculo se cierra cuando políticos y funcionarios públicos, con el dinero que todos les entregamos para que lo administren bien, y después de subirse los sueldos y darse pensiones que parecen de senador o magistrado, o de poner a los secretarios de juzgado a ganar más que un rector de colegio (algo que los ciudadanos tal vez no comparten), nos piden que les agradezcamos y los premiemos votando por ellos. Nos sobornan con el dinero que reciben de nosotros, y debemos agradecerlo.

La situación de los cafeteros es especial. La caída de precios de los dos últimos años fue muy grande, después de la subida del 2002 al 2010, que elevó el ingreso por cada carga en más del 50 por ciento. Pero después de la bonanza vino la caída. Desde hace más de un año, los que pagan impuestos han financiado un subsidio cafetero y otras ayudas, pero ya no parecen suficientes. Que la mayoría de los cafeteros sean campesinos y no grandes propietarios (aunque el 10 por ciento de las fincas, las más grandecitas, producen el 70 por ciento del café, y reciben esta proporción de los subsidios) produce simpatía y solidaridad.

Pero enfrentar los problemas de cada sector productor poniendo a trabajar a los asalariados, a todo el que paga un impuesto de consumo, para subsidiar al que le va mal impulsa una mentalidad pedigüeña y mendicante que no le conviene al país, refuerza el clientelismo, debilita los esfuerzos de producir mejor, inventar y mejorar.

En una crisis como esta, hay que tratar a los cafeteros como se trató a los banqueros: darles crédito, el que necesiten, y cobrarlo (con una contribución que cambie con los precios) cuando llegue la nueva bonanza, tarde o temprano. Y mientras tanto, apoyar a los cafeteros con bienes sociales, con investigación, con formas de mercadeo, con estímulos a la producción de alta calidad, y con una política económica de largo plazo, pero no con regalos quitados a los demás.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 28 de febrero de 2013

 

 

 

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