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La fuerza de las palabras

 

No es posible entender qué convirtió un país más bien pacífico en uno en el que matar al otro es tolerable, conveniente o incluso necesario. Los asesinos son pocos, pero los que cierran los ojos, pagan la cuota para mantenerlos, creen que no hay otra salida, se acomodan y excusan son tal vez la mayoría. Entre 1948 y el 2008 murieron en Colombia casi 900.000 personas a manos de sus compatriotas, pero dudo de que siquiera 100.000 hayan sido capaces de violar la prohibición fundamental de la sociedad, no matar.

La mayoría morían en atracos, venganzas entre bandas de narcos o delincuentes o riñas privadas. Las muertes ligadas al conflicto armado se producían una a una. La víctima era ejecutada a sangre fría, en la madrugada, frente a familiares o amigos, después de que la guerrilla leía una lista de presuntos colaboradores del ejército, o los paramilitares sacaban de las camas a unos aterrados campesinos.

Una pequeña proporción moría en enfrentamientos entre soldados, paramilitares o guerrilleros: la guerra arcaica, con sus reglas de conducta, sus códigos de honor, su respeto al enemigo, fue excepcional. La irregularidad de la guerra hizo romper todas las reglas, quitó al enemigo su condición humana y lo convirtió en fiera salvaje que había que exterminar: eran los que despedazaban los cadáveres, los incineraban para que no subieran las tasas de homicidio, lanzaban pipetas de gas o llenaban el campo de minas ‘quiebrapatas’.

¿Es posible que un país que ha pasado por este infierno vuelva a vivir en paz? Es difícil, pero siempre hay señales alentadoras. Mientras algunos incitan al odio y tratan de convertir la política en otra forma de guerra, dividiendo al país entre amigos y enemigos, entre los que deberían vivir o morir, muchos de los que estuvieron en los grupos armados intentan ser otra vez personas normales. En un libro que acaba de salir, Retomo la palabra, 37 ex paramilitares y una ex guerrillera hablan de sus experiencias. Sus relatos, conmovedores y mejor escritos de lo que podría esperarse, nos cuentan, entre otras cosas, qué los llevó a dejar su casa para convertirse en delincuentes, a poner en juego su vida y a aceptar matar a otros.

En realidad, son historias de miembros secundarios de las organizaciones, más víctimas que victimarios, raras veces comprometidos en actos de crueldad o sevicia. No son confesiones, sino intentos de comprenderse a sí mismos, de entender qué los llevó a la guerra, usando la escritura para reinventarse y redescubrir que son seres humanos, capaces de luchar contra sus propias semillas de maldad.

El lector tampoco está seguro de entender qué pasó: no es fácil admitir que para salir del desempleo, escapar a un esposo violento o un padrastro abusador haya que unirse a una máquina de matar. Pero, en las condiciones culturales y sociales de los protagonistas, la muerte, propia o del otro, es un evento incierto, y las reglas morales socialmente aceptadas no están en contra: matar al enemigo está bien.

Aquí parece estar el eje del problema. ¿Qué convirtió a Colombia en una sociedad donde el fin justifica los medios? Este principio fue adoptado por jóvenes de izquierda, empresarios rurales, políticos y funcionarios públicos y corrompió las instituciones hasta el punto de que durante años centenares de jóvenes fueron asesinados fríamente por militares, sin que, y esto es lo más escandaloso, un solo oficial hiciera, a nombre del honor, la moral y la dignidad del ejército, una sola denuncia, sin que nadie tomara la palabra para contar lo que estaba pasando.

Este libro y la experiencia de sus autores son una invitación a buscar la única salida: el rechazo total a la violencia y a todas sus justificaciones, un pacifismo radical, que no admita el uso de las armas sino por parte de un Estado obsesivamente preocupado por el respeto de la ley y de la ética.

Jorge Orlando Melo
Columna publicada en El Tiempo, 14 de mayo de 2009

 
 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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