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La guerra contraproducente

 

Los que fumamos a veces yerba en los sesentas nunca pensamos que el narcotráfico se convertiría en el mayor problema de Colombia. Sin embargo, no fue por culpa de los que se dejaron llevar de una moda pasajera con aire rebelde. Alberto Lleras, en un artículo brillante de los setentas, pronosticó el desastre y señaló el culpable. Según él, los Estados Unidos convertirían un problema menor en una gran tragedia, con una política “que consistía en elevar el precio de las drogas, persiguiéndola con todos los elementos”, de manera que los ingresos de los narcotraficantes crecieran hasta ser capaces de corromper y comprar las autoridades, porque su “socio involuntario era el organismo represivo de los Estados Unidos”.

La profecía pesimista se cumplió, en parte por la política interna de USA, que convirtió un problema de salud pública en una guerra sin límites. En efecto, la estrategia republicana de buscar electores a punta de miedo tuvo éxito, y nada perjudicaba más un candidato que parecer blando frente a los atracadores, la droga, los inmigrantes, los acosadores sexuales o los terroristas. Para rechazar la despenalización del consumo se evocaba siempre la imagen de niños acosados junto a las escuelas por vendedores infames, como si no se fuera posible y más eficaz perseguir a éstos.

La guerra se extendió a todas partes y convirtió a Colombia, como anunciaba Lleras, en la Colombian Connection. Llenó también las cárceles de los Estados Unidos  de centenares de miles de consumidores. De casi 2.5 millones de presos, al menos medio millón están por droga, la inmensa mayoría acusados de consumo. Hay estados en los que da cárcel tener salvia, una yerba que antes se fumaba en Colombia. Mientras tanto, los países que persiguieron a productores y traficantes, sin desviar recursos judiciales y carcelarios contra los consumidores, tienen un problema de drogas mucho menor.

A pesar de los efectos contraproducentes de la represión del consumo, señalados en el informe de Gaviria, Cardoso y Cedillo, y de que casi todos los expertos están de acuerdo en que la medida tranquiliza las conciencias y calma el corazón pero no sirve para nada, se insiste en Colombia en penalizar la llamada dosis personal. En vez de concentrar los esfuerzos represivos en destruir todavía más plantaciones, laboratorios y canales de comercialización, la estrategia será otra, más conveniente para los grandes traficantes.

Los recursos limitados de la policía se dispersarán para luchar contra centenares de miles de consumidores, y la justicia se congestionará aún más tratando de decidir si manda unos jóvenes inexpertos a completar su formación en las cárceles, con el apoyo de tribunales que tendrán que contestar la pregunta insoluble de si alguien es adicto o no, mientras se atrasan y prescriben los delitos de los traficantes. Aunque los vendedores son pocos en proporción a los consumidores, en vez de concentrarnos en perseguir a los jíbaros, vamos a encarcelar unos cuantos clientes, soñando que esto disminuya el consumo.

Un cambio radical en la estrategia contra la droga, con distribución regulada y controlada a los adictos, dañaría el negocio, pero es imposible, porque el mercado principal son los Estados Unidos y no hay probabilidades cercanas de que cambie el núcleo prohibicionista de su guerra contra la droga. Pero es probable que se suavice la política de encarcelar consumidores, siguiendo el modelo de la ley votada ayer en Nueva York.

No parece oportuno meter a nuestros consumidores a la cárcel, cuando nuestro principal aliado tiene un presidente que propuso varias leyes para aumentar las penas por tráfico y reducirlas o eliminarlas por posesión o consumo. Y que “inhaló” marihuana y aspiró coca ocasionalmente cuando estaba joven, y debe estar agradecido por no haber tenido que ir a la cárcel.

Jorge Orlando Melo

Publicada en El Tiempo, 5 de marzo de 2009 

 
 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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