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Obama no tiene pierde

 

Contra lo que piensan muchos, Obama asume la presidencia de los Estados Unidos en una coyuntura casi ideal para un político.  El país está en una crisis económica profunda, que tarde o temprano terminará. Aún si el Estado no hiciera nada el mercado ajustaría los precios hasta que la gente vuelva a comprar e invertir.  La intervención pública hará que la recuperación comience más pronto, en uno o dos años, y que sus costos sean menores: que menos empresas quiebren y  menos personas pierdan sus casas, sus ahorros o sus trabajos.  Y mientras no cometa errores inmensos e improbables, Obama será el salvador.

En segundo lugar, llega al poder cuando el presidente Bush se ha convertido, ante la opinión pública, en uno de los peores presidentes de los Estados Unidos.  Nada mejor que reemplazar a alguien cuya gestión aparece como fracasada. Estados Unidos está metido en una de las guerras más absurdas de su historia. Después del monstruoso acto terrorista de 2001, Bush tuvo el respaldo casi unánime de los norteamericanos en su defensa del país. Sin embargo, las mentiras del gobierno para justificar la guerra, la violación de los derechos de los presuntos terroristas, la aplicación de la tortura, la estrategia de lograr resultados a cualquier costo, la polarización de la opinión para tratar de mostrar que el que no apoyaba los métodos extremistas del gobierno ayudaba o simpatizaba con el eje del mal,  dividieron a los Estados Unidos y terminaron sembrando una profunda desconfianza.  La repetición incesante de que ya la guerra se había ganado y el intento de convertir la lucha contra el terrorismo en la preocupación casi única del país tuvieron éxito por mucho tiempo, pero después de siete años ya no era fácil seguir usando esto a favor del presidente y su política.

En tercer lugar, asume la presidencia en un país cuya cultura se ha transformado  en el último medio siglo. Una sociedad urbana, educada y variada, cada vez más abierta, integrada y cosmopolita,  ha ido desplazando el archipiélago de pueblitos y suburbios intolerantes, ignorantes del mundo y orgullosos de su ancestro blanco, anglosajón y protestante, que existía cuando nació Obama y cuando Kennedy intentaba obligar a los gobernadores del Sur a que dejaran entrar los negros a sus universidades.

Por eso, mientras Bush se apoyó en el miedo, en asustar a la gente con la droga, los inmigrantes, el terrorismo y la pérdida de los valores familiares, Obama puede hacer un discurso de posesión  sin mencionar ni una vez la droga, el terrorismo o la defensa de la familia, dirigiéndose a quienes, en vez de esperar que el Estado los proteja de todo mal y peligro, quieren saber, como los jóvenes que le dieron la victoria, que pueden hacer para cambiar su país. Y puede entusiasmar al hablar de esfuerzos, de ética ciudadana y de derechos humanos, de tareas por cumplir y no de temores.   

Obama aprovechará sin duda las oportunidades que le dan la crisis y la recuperación para lograr que en un país en el que parecía dogma intocable reducir aún más la intervención del Estado, éste promueva con mayor empeño la atención de salud para todos (es increíble que hoy muchos trabajadores no tengan seguro médico),  una educación de calidad, la ciencia y la tecnología, los recursos energéticos limpios, la protección del medio ambiente. Si algo lo enreda, será la política exterior, pero también en ella sus fortalezas y ventajas son evidentes.  Obama tiene todas las de ganar y ha mostrado el talento y el realismo necesarios para llevar a cabo sus propuestas.

Citando a Shakespeare, a quien aludió su discurso, puede decirse que Obama está hecho de “la materia de la que están hechos los sueños” y que su carisma, en una nación a la que le gusta idolatrar a sus dirigentes,  le dará un respaldo fervoroso, mientras pasa el “invierno de las dificultades”.

Jorge Orlando Melo

Publicada en El Tiempo, 22 de enero de 2009 

 
 

 

 

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