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Sucesiones e instituciones

 

La muerte de Fanny Mickey, quien durante años hizo posible el Festival Internacional de Teatro, deja una herencia complicada. Ella se identificó con el Festival y lo hacía todo. Viajaba por el mundo para escoger grupos de calidad, visitaba las oficinas públicas y las empresas buscando apoyos, convencía y entusiasmaba, manejaba recursos y distribuía obligaciones, prendía y apagaba las luces, saludaba al público al comenzar el  espectáculo.

Detrás de ella había un equipo de alta calidad, pero ninguno con su genialidad misteriosa, sus capacidades y su casi insoportable obsesión. Intentar conseguir otra Fanny, igualita, para que lo haga todo, es imposible. Cualquiera que asuma su cargo tendrá que seguir una estrategia diferente, limitar su gestión directa y construir una organización más formal y menos dependiente del talento personal extremo. Pero es inevitable que quienes tienen que mantener vivo el legado de Fanny, sientan que no hay solución perfecta y que cualquier persona que la reemplace va a estar, por comparación, lejos del nivel ideal creado por ella misma.

Pero no hay que ser pesimistas: el festival tiene tantos recursos, reales e intangibles, tal prestigio y tales redes de apoyo, que una gestión más normal, menos genial que la de Fanny puede, con el apoyo de un buen esquema institucional, con una planeación previsiva, con un esquema gerencial ordenado y una buena asesoría artística, sostener lo que ella sostuvo por el milagro de su genialidad y su vitalidad. La falta de un esquema institucional sólido en el festival, consecuencia del temperamento y la energía de su creadora, es algo que puede repararse. 

Algo distinto pasa en las democracias, donde el debilitamiento de las instituciones puede tener consecuencias graves. En efecto, la función de los mecanismos básicos de una democracia –la separación de poderes, el respeto de los derechos de las minorías, los límites al poder constituyente de las mayorías, los sistemas de control, la existencia de un clima de opinión y debate tolerante, de partidos que ofrezcan alternativas políticas- no es garantizar la eficacia y agilidad en la operación del Estado, sino crear las condiciones para la sostenibilidad a largo plazo de la misma democracia.  Esta se basa en la idea de que no es posible hacer todo, no todo vale, porque hay que garantizar que lo que se logre ahora no corroa las bases del sistema.  Las reglas institucionales crean dificultades, estorban, tratan de evitar que aprovechando una concentración  momentánea de poder, y por el afán de lograr resultados, se destruyan las fortalezas de largo plazo. Un presidente talentoso y serio puede tomar decisiones adecuadas, y hacer que el país avance en la solución de sus problemas, pero si al hacerlo debilita las bases del sistema democrático, puede dejar una herencia peligrosa para el país.

Este es el riesgo que hoy enfrenta el país. La gestión del presidente Uribe, eficaz y exitosa, ha ido concentrando el poder en el ejecutivo, y el ejercicio de los controles y contrapesos democráticos es percibido como una obstáculo que impide hacer lo que el país necesita. Después de seis años de gobierno, los funcionarios se paralizan, esperando que el presidente diga que hay que hacer, o contra las pirámides o contra los falsos positivos. Y el país empieza a tener la sensación enfermiza de que sólo Uribe puede manejarlo, y los que lo rodean reiteran el mensaje, consciente o subliminal, de que sin Uribe la lucha contra la guerrilla terminaría y volverían hecatombes terribles.

Por eso, para que el festival democrático no se desbarate, quizás es mejor probar ya si nuestra democracia tiene todavía instituciones que le permitan funcionar sin Uribe, antes de que el país concluya que no puede prescindir de Uribe ahora, ni dentro de cuatro años, ni dentro de ocho, porque sin Uribe todo se acaba.

Jorge Orlando Melo

Publicada en El Tiempo, 8 de enero de 2009
 

 
 

 

 

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