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El trópico mestizo
 

Estamos tan acostumbrados a nuestro paisaje o nuestra comida que creemos que sus rasgos principales son autóctonos o nativos. ¿Qué es más americano y tropical que el paisaje de tierra caliente, con sus mangos, sus tamarindos y sus sembrados de caña? ¿O que las  tierras templadas llenas de plátano y café? Y en la altiplanicie de Bogotá, el aire antiguo y colonial lo aportan los patios sembrados de brevas o duraznos.

Esas plantas las trajeron los españoles, en ese proceso de rápida globalización que comenzó en el siglo XVI, cuando los europeos viajaron a América, África y el Asia, y mandaron semillas y esquejes de las plantas que les interesaban a Europa o a otras colonias.  El resultado fue un paisaje híbrido, en el que no se sabe qué es nativo y qué es exótico.

Lo mismo pasa con la comida: en la chicha el azúcar se añadió al maíz nativo; las sopas de papa de los indios se llenaron de pollo y crema de leche para convertirse, con ayuda de la guasca local, en ajiaco; el frijol y el maíz se complementaron con el chicharrón y el plátano para hacer el plato montañero; el sancocho español cambió de nombre e incorporó la yuca y la arracacha.

Nuestras creencias y costumbres, nuestras ideas y hábitos son también un sancocho  en el que, aunque pueden distinguirse los productos que lo forman, surgen los sabores inesperados de la mezcla.

Incluso algunas costumbres que aceptamos como de las culturas indígenas, y que los mismos indígenas sienten a veces como propias, fueron impuestas por sus opresores. En algunas zonas del sur de Colombia los indios ven hoy como parte de su cultura el cepo o el rejo con el que los españoles los castigaban y en otras los indios extirpan a sus mujeres el clítoris, para defender unos valores represivos y puritanos que probablemente fueron inculcados, a sangre y rejo, por los misioneros del catolicismo, y que contrastan con el sexo alegre y libre que le achacaban los españoles a muchas culturas indígenas en los años de la conquista. Se trata de una práctica que apenas se menciona en el siglo XVI, atribuida a los Panches, y que los antropólogos del siglo XX no mencionan, con excepción de una breve alusión en un estudio de Gerardo Reichel Dolmatoff y Alicia Duzán sobre los embera en 1960.

Como ya no sabemos que es propio o ajeno, las confusiones son frecuentes.  Hace dos días, El Tiempo contó que en Santa Marta un banquete que servía platos de los años de la independencia fue criticado por usar el coco y el mango: según un historiador estos productos llegaron a Colombia después de 1830. Pero el historiador yerra: los mangos, como su nombre (mangifera índica) lo índica, son asiáticos, pero llegaron a la Costa Caribe antes de 1800. Algunos eruditos confusos hicieron que García Márquez le negara a Bolívar el placer infantil del mango, y lo pusiera a comer guayaba, dizque porque no pudo conocerlos. Error: Humboldt, óptimo testigo, los vio en 1800 cerca a Caracas. Y los cocos son americanos (aunque también los había en el viejo mundo).  Los españoles los describieron en el siglo XVI en Panamá y el valle del Cauca y bautizaron con su nombre la Isla de los Cocos.

No hace falta ser erudito para averiguar esto: basta saber en cual estudioso se puede confiar. Todos los datos de esta nota los saqué de las obras del más notable erudito colombiano del siglo XX, Víctor Manuel Patiño, cuya Historia de la vida material, en ocho tomos, resume sus estudios sobre el sexo de los indios, la agricultura, las plantas y la comida en Colombia, temas que trata con mayor detalle y amplitud en otros libros. Créanle a Patiño y no fallarán.

Es bueno saber si una costumbre o una comida es nativa o exótica, pero nada de eso la hace valiosa, como creen los tradicionalistas: toda cultura es una mezcla, y conviene romper con las cargas que haya dejado un pasado de opresión.

Jorge Orlando Melo

Publicada en El Tiempo, 11 de junio de 2009

 

Notas adicionales: Las referencias a mangos y cocos en la Costa Atlántica antes de 1830 son innumerables. Antonio Julián, en La perla de la América (1787), puso los cocos, así como la coca, entre los productos que podrían exportarse de Santa Marta, Carl Gosselman, un sueco que vino a Colombia en 1825, en su Viaje por Colombia 1825-1826, describió grandes plantaciones de mangos en Santa Marta, y vio como en Cartagena "en algunos hogares sirven como postres frutas, ya sean melones, mangos, que se saborean al lado de vinos y quesos, y luego todo acaba con un café."

 
 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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