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Presentación de La Virgen de los Sicarios
Muerte y poesía en Medellín: la nueva novela de Fernando Vallejo
 

En 1729 Jonathan Swift, exiliado en la Irlanda empobrecida y explotada, escribió la Modesta propuesta para impedir que los niños pobres de Irlanda sean una carga para sus padres y su país y sean de utilidad para todos. En un país agobiado por el hambre, el desempleo y la violencia, Swift proponía, con aire imperturbable de seriedad que remedaba los escritos de los economistas, utilizar buena parte de los niños que alcanzaron su primer cumpleaños para la alimentación de las personas acomodadas y los propietarios, pues "habiendo ya devorado la mayoría de los padres, tienen mejores derechos sobre sus hijos". No es fácil leer tranquilos las detalladas descripciones de las formas de cocinar a los niños, o los precisos cálculos sobre los dineros que se ahorrarán al reino comiéndoselos antes de que cuesten demasiado por su alimentación y su crianza o los argumentos rigurosos que demuestran que su propuesta aumentará la ternura y el amor maternales, reforzados por la esperanza de un ingreso cuando la mujer venda sus hijos a los carniceros.

Casi tan fuerte, o tan fuerte, o talvez más fuerte, es la nueva novela de Fernando Vallejo, La virgen de los sicarios. Como en la Modesta propuesta, Vallejo desafía los sentimientos piadosos, mostrando los asesinatos cometidos por sus personajes, Wilmar o Alexis, como parte del esfuerzo valiente de la Muerte por reducir el sufrimiento de la ciudad maldita, de Medellín, y contrarrestar la furia procreadora de los antioqueños, productora de más y más pobreza y de más y mas sufrimiento. "Mi señora Muerte pues, misiá, mi doña, la paradójica, es la que aquí se necesita. Por eso anda toda ventiada por Medellín día y noche en su afán haciendo lo que puede, compitiendo con semejante paridera, la más atroz. Este continuo nacer de niños y el suero oral le están sacando canas." Y una raza con las virtudes de los paisas necesita control: "Mis conciudadanos padecen de una vileza congénita, crónica. Esta es una raza ventajosa, envidiosa, rencorosa, embustera, traidora, ladrona: la peste humana en su más extrema ruindad. La solución para acabar con la juventud delincuente? Exterminen la niñez."

Ustedes todos leerán, como buenos masoquistas, esta novela tan brillante, tan bien escrita, y por ello me excuso de hacer una larga disertación sobre ella. No es muy compleja su trama, sino la acumulación lineal de incidentes reiterados, en los que se muestra a donde ha llegado la matazón en Metrallo, como son los sicarios, como son las comunas que el autor dice adivinar mas bien que conocer, como son las estrechas relaciones de odio y violencia que hacen parte de la vida de todos y que trasmutan lo que tocan. Pero esa trama simple -aunque no tanto, pero si analizo este punto tengo que contar el final- es sin duda efectiva, y va definiendo un trasfondo contra el que resalta el discurso del moralista satírico. El mal es un maremagnum en el que se suman el ruido de los radios y todos los ruidos del mundo -podría decirse que es una novela sobre el ruido-, la imbecilidad de la televisión, la bobada de los políticos, los partidos de fútbol, los vallenatos, la prensa, las consejerías de paz, los curas y los presidentes, los errores gramaticales. ¿La violencia, la muerte, es un mal o lo que nos libera del mal? Los amantes del narrador, sus muchachos, sus "bellezas", están aprisionados por ese mismo mal, pero se libran liquidando a uno que otro ciudadano particularmente molesto; ponen sus equipos a todo dar, pero están listos a ejecutar al taxista que aumenta agresivamente el volumen de su radio.

En esta ciudad destruida, donde lo bello queda en la remota y casi idílica infancia o en la fantasmagoría de las luces nocturnas, el bien y el mal se confunden, y la vida y la destrucción son lo mismo. El idioma refuerza la confusión: o es el eufemismo de los derechos humanos, para el que ya no hay asesinos sino "presuntos asesinos", y por lo tanto presuntos muertos y presuntos cadáveres, y presuntos narcotraficantes, o la palabra de la ley y la justicia, igualmente engañosa, y por la que todos nos matamos. Problemas de semántica, como decía el presidente Virgilio Barco.

Todo esto en un estilo admirable y a veces poético. Vallejo, gramático, o presunto gramático, coquetea con las jergas de los sicarios, usa con cómoda indiferencia localismos y antioqueñismos, escribe "verraco" como es, con ve chiquita, se enfurece con los errores de la televisión, y al fin de cuentas escribe con una fluidez y una naturalidad que no tienen parecido en la literatura colombiana de hoy, dejándose llevar alternativamente del cinismo o la sensibilidad, oscilando entre lo conmovedor y lo agresivo. Los lectores de El Mensajero, esa asombrosa biografía de Barba Jacob, o de las novelas casi siempre terribles que componen El Río del Tiempo, saben lo bien que escribe Vallejo.

Hace algunos años, antes del palacio de justicia, de las masacres y del narcoterrorismo, por hacer un chiste fácil, afirmé que la salud de que gozaba nuestra literatura, recién premiada con el Nobel, tenía que ver con lo mal que habían estado y estaban las cosas, con la intensidad de olla de presión en que teníamos que vivir, y que uno o dos gobiernos más, empeñados seriamente en promover la cultura, nos llevarían a una literatura y a un arte cada vez más ricos y vigorosos, si tenían buen cuidado en agravar la situación. No hay duda de que en Colombia, y sobre todo en Medellín, se agravó mucho. Y aunque no estoy seguro de que la relación sea válida, tampoco hay duda de que La Virgen de los Sicarios es una novela "demasiado buena", como se dice en Medallo.

Jorge Orlando Melo
Abril 26 de 1994

 
 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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